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lunes, 19 de julio de 2010

Rue de l’Odéon: Sylvia Beach y Adrienne Monnier

La americana Sylvia Beach (1887-1962) se llamaba en realidad Nancy y era una de las tres hijas del reverendo Sylvester Woodbridge Beach, doctor en Teología y pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana de Princetown, New Jersey, conoció París por primera vez cuando ella tenía catorce años y viajó acompañando a sus padres.
Como a otras muchas mujeres de su época, Paris le marcó y soñó con volver. Lo hizo en 1917 y entonces… un día descubrió una dirección: A. Monnier, calle de l’Odéon, 7, París-VI. Sylvia recuerda en sus memorias que:
“Jamás había oído aquel nombre, ni el barrio de Odéon me era familiar, pero algo irresistible dentro de mí me atrajo hacia el lugar donde iban a sucederme cosas tan importantes. Crucé el Sena y pronto me hallé en la calle de l’Odéon. Al final de la misma había un teatro que podía recordar a las Casas Coloniales de Princeton y, hacia media calle, en el lado izquierdo se veía una pequeña librería de color gris con las palabras “A. Monnier” encima de la puerta. Contemplé los atractivos libros del escaparate y, escudriñando hacia el interior de la tienda, vi todas las paredes cubiertas de estantes llenos de volúmenes recubiertos de ese brillante papel de celofán con que están forrados los libros franceses mientras esperan, generalmente durante largo tiempo, que los lleven al encuadernador. Aquí y allá había también interesantes retratos de escritores.”
Se trataba de La Maison des Amis des livres, "société de lecture", que había sido fundada en 1915 por Adrienne Monnier (1892-1955). (leer su Manifiesto -en francés, bien sûr-)
7 rue de l'Odéon-A monnnier Amante de la literatura, y de sus manifestaciones más audaces, Adrienne Monnier quería dar a conocer la Literatura moderna y había creado un espacio en la que se mezclaban las ventajas de una biblioteca y de una librería.
-“Este libro es mío y me gusta. Me ha costado mucho esfuerzo y dinero conseguirlo. ¿Te gustaría leerlo…? Pues págame un alquiler, o hazte socio, y te lo dejo unos días. ¿Que quieres tenerlo…? Espera, que miro si tengo otro ejemplar y si no, te lo pido.”- Algo así es lo que debía pasar en esa estupenda librería -ahora es cuando La bibliotecaria,o sea la que suscribe, se muere de envidia- donde Adrienne Monnier aconsejaba a sus visitantes, organizaba conferencias y sesiones de lectura con conciertos de Erik Satie… y consiguió convertirse rápidamente en lugar de reunión de la vanguardia literaria francesa. Paul Valéry, Georges Duhamel, Jules Romains, Léon-Paul Fargue, Paul Claudel –hermano de Camille-o el joven Louis Aragon -aunque Adrienne no llegó nunca a compartir el espíritu revolucionario de los surrealistas- eran visitantes habituales.
Hoy no encontraras la fachada gris de La Maison des amis des livres. Su lugar lo ocupa una cara peluquería.
7 rue de l'odeon-adrienne monier
7 rue de l'odeon-2009-Pero despeinada y todo, Adrienne debió causar una fuerte impresión en Sylvia:
“Adrienne Monnier era una mujer robusta, rubia y blanca como una mujer escandinava, de mejillas sonrosadas y pelo lacio peinado hacia atrás desde la frente. Sus ojos eran muy llamativos, de un azul gris indefinido, ligeramente saltones, recordándome a los de William Blake, y su aspecto era  el de una persona llena de vida.”
Adriene monnier
El caso es que Adrienne le acogió como ella solía hacer: bien. Y hablaron de libros, de librerías y de sus cosas, supongo, y Sylvia pensó en copiarle la idea, trasladándola a Nueva York, donde quería abrir una sucursal.
Pero la primera impresión se convirtió en amor y Sylvia cambió de idea. A Adrienne no le importó nada que Sylvia se quedara en Paris –por decirlo de algún modo- y le ayudó en un nuevo proyecto: abrir en Paris una librería especializada en autores en lengua inglesa. El nombre estaba claro: Shakespeare and Company. Sólo faltaba el local y Adrienne Monnier lo encontró.
En el nº 8, rue Dupuytren –muy cerquita de la rue de l’Odeon- se alquilaba un local que había sido ocupado por una lavandería. Como si fuera un presagio, Sylvia recuerda que quedaban restos de un antiguo cartel en el que se leía “gros et fin”, significando que lavaban todo tipo de tejidos, y que “Adrienne, que era bastante gruesa se colocó debajo de la palabra “grueso” indicándome que me pusiese debajo de “fino”, comentando “Así somos tú y yo”.
Ahora Sylvia sólo necesitaba dinero y eso fue fácil. Escribió un telegrama a su madre: ”Abro librería en París. Por favor envía dinero”. Y ella –su madre- le mandó enseguida todos sus ahorros. –Para morirse otra vez de envidia, ¿o no?-. “Convertir mi local en una librería  fue algo muy divertido”, añade Sylvia; y no me extraña, ya me gustaría a mí. “En lugar de fijar una fecha para la apertura de mi librería, decidí simplemente abrirla tan pronto como estuviera a punto”. Eso fue el 19 de noviembre de 1919. Entonces Sylvia Beach no sabía el provecho que iba a obtener a causa de la rígida censura que existía al otro lado del océano. Sorprendentemente, la noticia de la aparición de Shakespeare and Company se había difundido tan rápidamente por Estados Unidos que su librería era lo primero que buscaban los americanos que, como peregrinos, llegaban a Paris. Pronto se encontraron allí Gertrude Stein con su inseparable Alice B Tocklas, Sherwood Anderson, Robert McAlmond, William Bird, Ernst Hemingway, Scott Fitzgerald y el compositor George Antheil.
El éxito había sido inmediato, pero aún faltaba por llegar el acontecimiento que llevaría a Sylvia Beach y su librería a ocupar una página importante en la historia de la literatura: la publicación de un libro fundamental en lengua inglesa: El Ulysses, de James Joyce.
sylvia Beach-8 rue dupuytren 
adrienne monnier (dcha), silvia beach y joyce (g_freund)
La historia bien merece más espacio y dedicación, pero aquí estamos hablando sólo de dos libreras y una calle. Porque Sylvia Beach dejó el local de la calle Dupuytren y se trasladó en 1921 al nº 12 de la Rue de l’Odéon, en la acera de enfrente de la librería de Adrienne Monnier, que, por cierto, se encargaba de organizar la traducción francesa de la obra de Joyce.

12 rue de l'odeon-shakespeare and company- Silvia Beach
12 rue de l'odeon-shakespeare and company-2009-1915Odéonia, como llamaba Adrienne a la rue de l’Odéon, albergó también, en el nº18, el hogar de la pareja hasta su ruptura en 1937.

Ni Adrienne ni Sylvia entraron en detalles acerca de su relación y los aspectos íntimos de su relación siguen bajo el velo de discreción que les caracterizó. Se sabe que Adrienne había tenido relaciones anteriores y vivía con Suzanne Bonierre cuando conoció a Sylvia Beach. Sylvia se confió a sus hermanas, sobre todo a su hermana Elleanor –que también se cambió el nombre, haciéndose llamar Cyprian, y era lesbiana-.

En 1937, Sylvia Beach regresó a Estados Unidos por primera vez zen veintidós años, para celebrar el cumpleaños de su padre, que cumplía ochenta y cuatro años. Cuando regresó a la rue de l’Odéon, tres meses después, descubrió que la fotógrafa alemana Gisèle Freund, la había sustituido en el apartamento de Adrienne. A los pocos días de su regreso, Sylvia se trasladó al altillo de Shakespeare and Company. Y aunque siguió compartiendo con Adrienne y Gisèle las comidas, y la relación profesional se mantuvo, su larga vida en común había terminado.

La librería se cerró definitivamente en 1941, después de negarse Sylvia Beach a venderle a un oficial alemán una copia del Finnegans Wake de Joyce. Algo más tarde la librera y editora era detenida por los nazis y recluida unos meses en Vittel. Después de la guerra, Beach no volvió abrir su negocio. Pero siguió viviendo en la rue de l’Odéon, en el nº 12.
12 rue de l'odeon-shakespeare and company-2009
Hoy tampoco encontrarás allí ningún recuerdo de su presencia, aunque la librería Shakespeare and Company sigue siendo una de las más famosas del mundo y lugar de peregrinaje entre turistas –enterados o despistados-.
La actual librería de nombre Shakespeare and Company se encuentra en el nº 37, rue de la Bûcherie. Fue en los años 50 cuando George Whitman tomó el testigo y abrió su librería frente a Nôtre Dame, animado por su amigo Lawrence Ferlinghetti, otro mítico librero de San Francisco, el alma de City Lights.
Por aquí pasaron Henry Miller y Anaïs Nin, Sartre y Simone de Beauvoir, Lawrence Durrell y Burroughs, que conoció en la librería a uno de sus novios, Gregory Corso, que robaba libros, Jack Kerouac y otros y otras.
Al principio la tienda de George Whitman se llamó The Mistral, pero a mediados de los 60, cuando el local ya era el centro del peregrinaje artístico y literario estadounidense en París, rebautizo su librería para rendir homenaje a William Shakespeare y a Sylvia Beach, que había sido visitante de la casa. O eso dice. Yo creo que fue un listillo y que sin duda es un punto interesante de reunión y un lugar de visita,en el que han dormido y tomado el té incontables aspirantes a escritores, políticos, filósofos, poetas y cineastas… pero no es la misma Shakespeare and Company, no, no, no.
Paris 2009 623
Y para acabar la historia:
En 1956, Sylvia Beach escribió Shakespeare and Company, libro de memorias de entreguerras que detalla la vida cultural del París de la época, de donde he extraído los textos.
Sylvia Beach murió en 1962 en París. Está enterrada en el cementerio de Princeton –EEUU-.
adrienne monnier 2 (por gisele freund)Adrienne Monnier dirigió una revista, Le navire d'argent, en la que publicó, con su proverbial generosidad, a todos los escritores que amaba. Fue en esa revista, por ejemplo, en la que Saint-Exupéry publicó su primer texto literario.
Adrienne Monnier también nos ha dejado sus recuerdos de librera y un pequeño volumen de poemas que, a pesar del entusiasmo que provocó en Valery Larbaud, permanece como uno de los capítulos mas desconocidos y solitarios de la poesía francesa de la primera mitad del siglo XX.

Adrienne Monnier se suicidó en 1955, tras una larga y penosa enfermedad que le afectó al oído interno.
(Adrienne Monnier, fotografiada por Gisèle Freund)

A Sylvia Beach

© Adrienne Monnier
Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán
¡Te saludo, oh mi hermana nacida allende el mar!
He aquí que mi estrella se juntó con la tuya,
No fundida en el fuego del primitivo sol,
Mas viva, exacta y nueva en su gracia extranjera,
Pródiga de tesoros que recogió en su curso.
Atenta a las promesas que en los ojos del hombre
Escribe nuestra Madre, cantaba, solitaria,
El brillo y el oriente de diamantes y perlas.
Ocultaba en mi pecho como un pájaro frágil,
La esperanza medrosa que se nutre de mieles.
Consagraba al pudor, cruzados lienzos blancos,
La conciencia naciente bautizada con llantos.
¡Gracias a ti, oh hermana, puedo escapar, ahora,
A esos tormentos, a esas miserias y pesares!
Recobro ya mis fuerzas, y si amo la Noche,
Si escruto todavía sus últimos terrores
Es para madurar la paz de un día postrero.
Ya nos ve Mediodía una frente a la otra
De pie en nuestros umbrales, al borde de la calle,
Suave río de sol que tiene en sus riberas
Nuestras dos Librerías.
Tras la labor levanta Mediodía tus manos
Y las mías, es hora de almuerzo y de silencios,
Y aviva los destellos, en las señas que hacen,
De la llama que esconden aún nuestros países.
A Sylvia Beach
Je te salue, ma Sœur née par-delà les mers !
Voici que mon étoile a retrouvé la tienne,
Non pas fondue au feu du soleil primitif,
Mais vive, exacte et neuve en sa grâce étrangère,
Prodigue des trésors amassés en son cours.
Je chantais solitaire, attentive aux promesses
Que notre Mère écrit dans le regard des hommes,
L'éclat des diamants et l'orient des perles.
Je cachais en mon sein, comme un oiseau fragile,
Le bel espoir craintif qui se nourrit des miels.
Je vouais aux pudeurs, linges blancs et croisés,
La naissante pensée qu'on baptise de pleurs.
Je me sauve, à présent, oh ! ma Sœur, par tes soins,
De ces tourments, de ces regrets, de ces faiblesses !
La force me revient, et si j'aime la Nuit,
Si j'interroge encor ses dernières terreurs,
C'est pour mûrir la paix d'un jour définitif.
Déjà, Midi nous voit , l'une en face de l'autre,
Debout devant nos seuils, au niveau de la rue,
Doux fleuve de soleil qui porte sur ses bords
Nos librairies.
Midi lève nos mains, déliées du service,
Pour l'appel des repas, pour le temps des silences,
Et fait étinceler, sous le jeu de leur signe,
La flamme encor cachée au cœur de nos pays.
 AM01 Sylvia Beach y Adrienne Monnier
Fuentes bibliográficas:
  • BENSTOCK, Shari, Mujeres de la “Rive Gauche”: Paris 1900-1940, Editorial Lumen, 1992
  • BEACH, Sylvia, Shakespeare and Company, Ediciones de Nuevo Arte Thor, 1984
  • MONNIER, Adrienne, Rue de l’Odéon, Paris, ed. Albin Michel, 1989
  • FLANNER, Janet, París era ayer (1925-1939), Alba editorial, 2005

libros-monier-beach (Texto y montajes fotográficos: Mercedes García Bravo)

sábado, 17 de octubre de 2009

París era ayer. Jannet Flanner

Esta entrada pertenece a Lector Constante. Un blog que os recomiendo.
Lo he recortado un poquito:
(...)Total, que recomendé a los oyentes y les recomiendo ahora a ustedes esta maravilla pequeña:

Lo escribió, como se puede ver ahí en la portada, la señorita Janet Flanner (y lo traduce Damián Alou Ramis, cuyo nombre figura solamente en el interior, pero ya lo saco yo a la palestra para que lo vean ustedes, porque traducir es como limpiar, un trabajo que parece que sólo se nota cuando está mal hecho, y eso es grandísima injusticia). ¿Y saben ustedes quién fue Janet Flanner? Pues ya se lo cuento yo, que la señora lo merece.

   Janet Flanner nació en 1892, en Indianápolis, capital del estado de Indiana, de una familia cuáquera. Como curiosidad, les cuento que sus padres tenían una funeraria y que montaron el primer crematorio del estado. Así, entre muertos y aromas de formol, creció nuestra heroína. Fue a la universidad de Chicago, salió de allí en 1916 y volvió a Indianápolis, a escribir en el periódico local la crítica de cine. Pero no tardó en dejar el empleo, porque en la universidad había conocido a William “Lane” Rehm, un artista neoyorquino del que se había hecho muy amiga y con el que, en 1918, contrajo matrimonio. Oh, el amor, suponemos que dirían las amigas de Janet. No, no exactamente. Más bien: Oh, vivo en Castroculo y me muero del asco y este tío vive en Nueva York y me cae realmente bien. Sácame de aquí, William, por la gloria de tu madre. Dicho y hecho: allá fue la señorita Flanner, a la ciudad grande y hermosa que era Nueva York en los años casi 20. Lará, larito.
   Qué pinta estupenda tenía la señora, ¿verdad? No sé si la foto corresponde a un lunes por la mañana o a una fiesta de carnaval, pero vamos, que le hacía mucha falta salir de ese pueblo de mierda (un beso, buena gente de Indianápolis) y pasear por Manhattan. William era, por cierto, un gran tipo. El matrimonio les duró un suspirito, pero mantuvieron el contacto, fueron amigos toda la vida y él siempre estuvo ahí para apoyarla, tanto en su carrera literaria como en su paso del Rubicón.

   Mientras Janet pasea por Nueva York y se acerca al hotel Algonquin, donde el círculo vicioso de la señorita Dorothy Parker rajaba del mundo entero y se bebía hasta el agua de los ceniceros, nosotros vamos, si les parece, a conocer a otra estupenda señorita: Sarah Wilkinson.
   Sarah Wilkinson nació en 1888 en Troy (Nueva York). Era de las que no necesitan echarse el tarot para ver su futuro: familia de clase media, un buen colegio, un matrimonio con su amor de la infancia, Oliver Filley, y seguramente dos niños, una casa con jardín y muchas visitas a la biblioteca, el teatro y la sala de conciertos más cercana. Tururú. Sarah era un culo inquieto y, con la tarta de bodas todavía en la boca, ella y su flamante marido hicieron las maletas y se fueron a China, Japón y Filipinas, donde vivieron unos años porque el mundo es grande y vale la pena echarle un vistazo.
Cuando volvieron a Nueva York, ella se puso a trabajar como crítica de teatro para el New York Tribune y como freelance para el National Geographic. Ahí fue cuando decidió rebautizarse y ponerse un nom de plume de los que quedan flotando en el aire un ratito después de pronunciarlos: Solita Solano.
   El uso de este sonoro pseudónimo tuvo que ver, parece con una disputa con su familia, que acabó por desheredar a la jovencita. Pero también se me ocurre que si nosotros, latinos anglófilos, imaginamos historias protagonizadas por John y Nicolette, es lógico que al otro lado gusten de vestirse con un sonoro nombre vagamente hispano. Yo tuve un amigo alemán que llegó a España sabiendo decir solamente Cuándo se come aquí, y que se puso de nombre artístico Paco Pescado. Y los fans de Barry Gifford recordarán personajes de nombres tan estupendos como Romeo Dolorosa, Calavera Dorfman o los hermanos Mano y Boca Demente. En mi barrio nadie se llama así, pero anda que no sería bonito.

Solita Solano, pues, iba un buen día paseando por Greenwich Village cuando se dio de morros con Janet Flanner, que acababa de casarse con el amigo William. Zacabumba, flechazo instantáneo. Oliver, tenemos que hablar. William, cariño, te vas a reír cuando te lo cuente. No sabemos cómo se lo tomó el primero, pero ya les digo que el segundo era más bueno que el pan tierno y despidió a Janet con besos y bendiciones. De hecho, ni siquiera se molestaron en divorciarse hasta mucho más tarde, y aun entonces lo hicieron amistosamente y sin gritarse.

   Las dos señoritas habían encontrado a su alma gemela. Las dos leían todo lo que les caía cerca y se iban de copas con gente tan estupenda como Harold Ross, editor de The New Yorker, o su mujer, Jane Grant, escritora feminista que coincidió con Janet en la Lucy Stone League, un grupo que luchaba para que las señoras pudieran conservar su propio apellido al casarse, lo que a lo mejor a usted, Amigo Lector Nacido y Criado en Tiempos Modernos, le parece una chorrada como un piano. No lo era entonces y sigue sin serlo, y aprovecho para recordar a los escépticos la existencia de una tienda de ropa para novias que se llama Señora de. Con dos cojones.

Total, que Janet y Solita se lo estaban pasando pipa y decidieron ir a pasear tanto amor y tanta literatura por algún lugar exótico. Le cedo la palabra a James Campbell, autor del prefacio de París era ayer. Dinos, James.


" Cuando Janet Flanner llegó a París en 1922, intuyó que su futuro literario estaba en la ficción. Tenía treinta años, acababa de librarse de un matrimonio que no le convenía y admitía que le atraían más las mujeres que los hombres. Se había embarcado en una novela que se titulaba La ciudad cúbica, un título que sonaba bastante moderno, intentaba escribir poesía y esporádicamente mandaba artículos a periódicos y revistas.

Su compañera en la Orilla Izquierda era Solita Solano, una actriz que se pasó a la escritura y que también huía de las convenciones. La pareja seguiría manteniendo su amistad de por vida, aunque no siempre fueron amantes. Solita había sido desheredada y se había inventado una nueva identidad, pero ni a ella ni a Flanner les faltaba el dinero. Pasaron un año viajando por Grecia, Italia y Alemania antes de alquilar de manera permanente cuatro habitaciones en el modesto Hotel St. Germain des Prés, en la Rue Bonaparte. No habían oído hablar de la Generación Perdida, pero de todos modos, fuera lo que fuera, ellas no pertenecían a aquella. Flanner vivió en hoteles gran parte de su vida; más adelante residiría en el Ritz."

No sé a ustedes, pero a mí me da una envidia de espanto el concepto de escritor, generalmente norteamericano, que decide vivir en un hotel porque puede y porque le da la gana. Da lo mismo que sea en la propia ciudad, como Dorothy Parker en el Algonquin, o en el extranjero, como hacían Truman Capote y Jack Dunphy cuando se iban a Italia. La cosa es que vivir en un hotel supone renunciar alegremente al concepto de hogar, supone vivir entre extraños, alimentarse de martinis y aperitivos salados, decirle al mundo que ahí te las den todas. Bien y bravo. Y después de este breve inciso, volvemos a lo nuestro. ¿Qué estabas diciendo, James?
Además de su obra de ficción y de su poesía sáfica, Flanner escribió cartas: a su madre, a la que preocupaba la cabezonería de su hija; al marido que había abandonado, que al parecer le mantuvo su lealtad y afecto en años posteriores; a una vieja amiga de Manhattan, Jane Grant, que se había casado con un periodista llamado Harold Ross, que en 1925 estaba a punto de convertirse en el director del recientemente fundado New Yorker, una revista de noticias de actualidad y de humor. En sus primeros números, el New Yorker tenía muy pocas pretensiones literarias (se las dejaba a su rival, el Vanity Fair, que publicaba a gente como Aldous Huxley, Djuna Barnes y Edmund Wilson).
   Los Ross debieron de compartir las cartas de Flanner, tal como suelen hacer las parejas, pues en el verano de ese año, cuando la revista llevaba apareciendo apenas unos meses, Jane Grant la invitó a enviar una crónica quincenal desde París. Ross, le dijo, “quiere anécdotas e informaciones que les resulten familiares a los norteamericanos, chismes acerca del mundo del arte y un poco sobre la moda, quizá… muchos comentarios acerca de la gente que se ve por ahí y quiere que en todo ello le inyectes una personalidad definida. De hecho, cualquiera de tus cartas serviría”.
   De este modo, Janet Flanner empezó a enviar noticias a su país, igual que se las mandaría a un confidente, aunque con los años alcanzaría la cifra de medio millón de lectores. La fórmula de Jane Grant era buena: muchos escritores envidian el brío de sus propias cartas, y se preguntan cómo transmitir la misma seguridad a su obra “seria”.
   ¿Y qué es lo que había en París para que mereciera la pena mandar una crónica cada quince días? Pues, para empezar, la Generación Perdida. Les pongo en antecedentes, que les veo un poco perdidos también.

   En París, en la Rue de l’Odéon, la señorita Adrienne Monnier regentaba esta librería tan bonita:

En la Maison des Amis des Livres se vendían las obras señeras de la literatura contemporánea. Pero además, también era punto de encuentro de escritores como André Gide, poetas como Paul Valéry o novelistas como Jules Romains. A estas reuniones asistía de vez en cuando Sylvia Beach, una joven norteamericana que se quedó pasmada de ver tanto y tan bueno allí mezclado y decidió hacer lo mismo, pero en inglés. Se fue al otro lado de la calle y abrió esta librería:

Aquello fue la repanocha, la caraba, el acabóse. Entre la Maison des Amis des Livres, la librería Shakespeare & Company y el café Les Deux Magots circulaba lo más granado, lo más talentoso y lo más extravagante del París de la época. Había pintores, como Henri Matisse, Pablo Picasso o Max Ernst; había bailarinas, como Isadora Duncan o los componentes del Ballet Ruso; había actrices, como Sarah Bernhardt; había condesas y rameras, había militares y había poetas surrealistas, había un poco de esto y un poco de aquello y todo era bueno.

   Y, especialmente, había un montón de escritores, residentes o visitantes, que cuesta enumerar sin pasmarse muchísimo: estaba el protomacho Ernest Hemingway; estaba el (increíblemente bueno y recomendable) poeta e. e. cummings con su mujer; estaba la pareja Toklas-Stein, centro del mundillo lésbico; estaba el popular John Dos Passos; estaba el aún más popular James Joyce, que era la estrella del momento por la polémica publicación del Ulysses; estaba el poeta Hart Crane, que era un borrachuzo de los que hacen época; estaban Scott y Zelda Fitzgerald, que organizaron un fiestorro memorable en un barco anclado en el Sena, y más adelante estarían Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir. Y muchos, muchos más.
   Con ellos, Janet y Solita se fueron a merendar, al teatro, al ballet y a dar una vuelta. Se lo pasaron pipa e hicieron amiguitos. Djuna Barnes, que las conocía y frecuentaba mucho, las retrata en su Almanaque de las mujeres, con los pseudónimos de Nip y Tuck. También Janet Flanner habla de ella en sus crónicas:
Djuna Barnes era la escritora más importante que teníamos en París. Era una mujer alta, bastante guapa, de voz vigorosa, y una extraordinaria conversadora, llena de recuerdos de su vida neoyorquina en Washington Square y de su excéntrica infancia en algún lugar del Hudson.
La historia que más me gustaba de las que contaba trataba de una época en que su padre, que tenía unas ideas curiosas acerca de la nutrición, decidió que, puesto que las gallinas comían guijarros para ayudar a la digestión, unos cuantos guijarros en la dieta de sus hijos podrían resultar igualmente saludables.
   Si el Amigo Lector piensa que su familia es un circo de grillados, debería probar a lidiar con la familia de la señorita Barnes. Además de someterla a la dieta pétrea, el padre de Djuna encontraba muy conveniente abusar regularmente de ella, con la colaboración de la abuela de la criatura. Pero otro día hablaremos de la vida y obra de Djuna Barnes, porque desde aquí les estoy viendo quedarse ojipláticos del susto.

   Las crónicas de Janet incluían un poco de todo: estrenos, necrológicas, ecos de sociedad y cotilleo puro y duro. Cotilleo de altura, naturalmente. Venga, échenle un ojo al debut de Josephine Baker en París:
Hizo su aparición completamente desnuda, a excepción de una pluma rosa de flamenco entre las piernas; la llevaba sobre el hombro un negro gigantesco, y ella estaba boca abajo con las piernas abiertas ciento ochenta grados. El negro se paró en mitad del escenario, y sujetándola por la cintura con sus largos dedos como si fuera un cesto, la bajó hasta el suelo del escenario en una lenta voltereta, donde ella permaneció, como una magnífica carga que acaban de dejar, en un instante de completo silencio. Josephine Baker era una inolvidable estatua de ébano. Un grito de saludo se extendió por todo el teatro.
Lo que sucedía después no era importante. Los dos elementos específicos habían quedado establecidos y eran inolvidables: el magnífico cuerpo moreno de ella, un modelo nuevo que por primera vez demostró a los franceses que lo negro era hermoso, y la vehemente reacción del público masculino y blanco de París, la capital del hedonismo de toda Europa. No había pasado ni media hora desde que bajara el telón de la noche del estreno, y la noticia de su llegada se había extendido a través del boca a boca por todos los cafés de los Champs-Élysées, donde los testigos de su triunfo, delante de una copa, repetían excitados el relato de lo que acababan de ver: ellos sin saciarse nunca de reiterarlo, y los que los escuchaban anhelando oír más verdades tan fantásticas como ésa.



(...)
Lector Constante sigue recordando algunas de las mujeres citadas por Jannet Flanner en sus crónicas, como Cora Pearl, o Lianne de Pougy.
Lo pasé bien leyendo esta entrada.

sábado, 4 de abril de 2009

Sylvia Beach y Adrienne Monnier, las libreras parisinas más comprometidas


Se convirtieron en importantes promotoras de la literatura en el París de los años 30, algo que casi les condujo a la ruina. Financiaron numerosas revistas de vanguardia y, gracias a su apoyo económico, el escritor James Joyce pudo sacar adelante el "Ulises", su obra más representativa


PRIMERO PRESTABAN LOS LIBROS Y, SI EL LECTOR QUEDABA CONFORME, se los vendían. Además, habían leído y podían recomendar todos los textos de los estantes. Eran Sylvia Beach y Adrienne Monnier, las libreras que hicieron por unir Francia, Estados Unidos, Irlanda e Inglaterra más que cuatro embajadores juntos. Las llamaban "embajadoras de las letras" y vivieron en París en los años de su esplendor, cuando era la meca de los escritores que llegaban de diferentes países buscando un medio cultural y un espacio permisivo.
Ambas mujeres se conocieron en París, aunque Sylvia había nacido en Baltimore. Su padre era pastor de la Iglesia Presbiteriana y la familia, muy mal avenida; no era un buen refugio para la muchacha. La madre, en cambio, amaba la literatura, viajaba permanentemente a Europa para alejarse de su esposo y recomendaba a sus hijas que no tuvieran contacto con hombres. Así, el carácter de Sylvia fue producto de la lucha de valores de sus padres: de su madre tomaría la idea de que debía pelear por su propia satisfacción y la necesidad de apoyar las artes y, de su padre, la entereza para tomarse cada aventura como si fuese una cruzada personal. Este carácter la llevó a colaborar en Serbia can la Cruz Roja durante la I Guerra Mundial y a convertirse en librera sin conocer el oficio.
Allí Sylvia conoció a Adrienne Monnier, cinco años menor, pero mucho más culta y cono-
cedora del medio. Ambas tienen librerías, una enfrente de la otra; en la Rue de l'Odéon, en la Rive Gauche, la célebre margen izquierda del Sena, poblada por intelectuales y bohemios que, entre 1921 y 1937, fue La "Rive Gauche", en París, fue el refugio de la experimentación literaria. La librería de Sylvia sería la mítica "Shakespeare & Co", la de Adrienne se llamaba "La casa de los amigos del libro".
Eran espacios de encuentro donde los jóvenes artistas de diferentes países podían sentarse a leer un libro, debatir sus estéticas y trabar amistad; allí, las mujeres de la época -cansadas de la cultura masculina-, encontraban también un lugar donde reunirse. Informales, generosas e inteligentes, las dos libreras fueron un eje en el movimiento literario de la época.
Lo que comenzó como una colaboración amistosa se convirtió en amor, y se fueron a vivir juntas. Eran complementarias pero muy diferentes. Sylvia era intuitiva y Adrienne práctica; la primera representaba el mundo anglosajón, la segunda el francés. A veces financiaban revistas de vanguardia, y no se debe pensar en ellas como simples mediadoras de la cultura sino como auténticas promotoras. Y fue esta generosidad la que casi las llevó a la ruina.
Todos conocemos el nombre de James Joyce, pero es posible que no hubiera llegado hasta nosotros su obra si no hubiera sido por el esfuerzo de estas dos mujeres.. Sylvia editó el "Ulises", que entonces nadie quería, y adelantó dinero a Joyce durante casi 10 años.
Cuando se hizo famoso, dio su obra a otro editor y colocó en apuros económicos a quienes lo habían lanzada con tanto desinterés. Al llegar la guerra, un oficial nazi quiso comprar el único volumen que Sylvia tenía de un libro de Joyce y, ante su negativa, las amenazó con requisarles los libros, hecho que las obligó a esconderlos. Luego Sylvia estaría presa dos años en un campo de concentración. La larga relación que mantenían se deshizo y, tras una penosa enfermedad, Adrienne Monnier se suicidó en 1955. En cambio Sylvia viviría hasta 1962.

Clara Obligado
http://www.mhmujer.com/
Mujer de Hoy
22/28 septiembre 2001
p.55
ISSN 1.576-6047


¿QUÉ PASABA ENTONCES?-La “Rive Gauche”, en Paris, fue, antes de la II Guerra Mundial, un lugar legendario donde convergían artistas de las más diversas nacionalidades. Muchas mujeres, disconformes con el sistema patriarcal, buscaban un espacio donde expresarse.
- Muchos escritores americanos vivieron durante estos años en París, no sólo por la libertad de costumbres y actividad artística, sino también porque se podía vivir con menos dinero.

Si te interesa, puedes leer:
"Mujeres de la Rive Gauche, París 1900-1940", de Shari Benstock. Editorial Lumen. Barcelona.
Ver:
"Paris era mujer"