sábado, 17 de octubre de 2009

París era ayer. Jannet Flanner

Esta entrada pertenece a Lector Constante. Un blog que os recomiendo.
Lo he recortado un poquito:
(...)Total, que recomendé a los oyentes y les recomiendo ahora a ustedes esta maravilla pequeña:

Lo escribió, como se puede ver ahí en la portada, la señorita Janet Flanner (y lo traduce Damián Alou Ramis, cuyo nombre figura solamente en el interior, pero ya lo saco yo a la palestra para que lo vean ustedes, porque traducir es como limpiar, un trabajo que parece que sólo se nota cuando está mal hecho, y eso es grandísima injusticia). ¿Y saben ustedes quién fue Janet Flanner? Pues ya se lo cuento yo, que la señora lo merece.

   Janet Flanner nació en 1892, en Indianápolis, capital del estado de Indiana, de una familia cuáquera. Como curiosidad, les cuento que sus padres tenían una funeraria y que montaron el primer crematorio del estado. Así, entre muertos y aromas de formol, creció nuestra heroína. Fue a la universidad de Chicago, salió de allí en 1916 y volvió a Indianápolis, a escribir en el periódico local la crítica de cine. Pero no tardó en dejar el empleo, porque en la universidad había conocido a William “Lane” Rehm, un artista neoyorquino del que se había hecho muy amiga y con el que, en 1918, contrajo matrimonio. Oh, el amor, suponemos que dirían las amigas de Janet. No, no exactamente. Más bien: Oh, vivo en Castroculo y me muero del asco y este tío vive en Nueva York y me cae realmente bien. Sácame de aquí, William, por la gloria de tu madre. Dicho y hecho: allá fue la señorita Flanner, a la ciudad grande y hermosa que era Nueva York en los años casi 20. Lará, larito.
   Qué pinta estupenda tenía la señora, ¿verdad? No sé si la foto corresponde a un lunes por la mañana o a una fiesta de carnaval, pero vamos, que le hacía mucha falta salir de ese pueblo de mierda (un beso, buena gente de Indianápolis) y pasear por Manhattan. William era, por cierto, un gran tipo. El matrimonio les duró un suspirito, pero mantuvieron el contacto, fueron amigos toda la vida y él siempre estuvo ahí para apoyarla, tanto en su carrera literaria como en su paso del Rubicón.

   Mientras Janet pasea por Nueva York y se acerca al hotel Algonquin, donde el círculo vicioso de la señorita Dorothy Parker rajaba del mundo entero y se bebía hasta el agua de los ceniceros, nosotros vamos, si les parece, a conocer a otra estupenda señorita: Sarah Wilkinson.
   Sarah Wilkinson nació en 1888 en Troy (Nueva York). Era de las que no necesitan echarse el tarot para ver su futuro: familia de clase media, un buen colegio, un matrimonio con su amor de la infancia, Oliver Filley, y seguramente dos niños, una casa con jardín y muchas visitas a la biblioteca, el teatro y la sala de conciertos más cercana. Tururú. Sarah era un culo inquieto y, con la tarta de bodas todavía en la boca, ella y su flamante marido hicieron las maletas y se fueron a China, Japón y Filipinas, donde vivieron unos años porque el mundo es grande y vale la pena echarle un vistazo.
Cuando volvieron a Nueva York, ella se puso a trabajar como crítica de teatro para el New York Tribune y como freelance para el National Geographic. Ahí fue cuando decidió rebautizarse y ponerse un nom de plume de los que quedan flotando en el aire un ratito después de pronunciarlos: Solita Solano.
   El uso de este sonoro pseudónimo tuvo que ver, parece con una disputa con su familia, que acabó por desheredar a la jovencita. Pero también se me ocurre que si nosotros, latinos anglófilos, imaginamos historias protagonizadas por John y Nicolette, es lógico que al otro lado gusten de vestirse con un sonoro nombre vagamente hispano. Yo tuve un amigo alemán que llegó a España sabiendo decir solamente Cuándo se come aquí, y que se puso de nombre artístico Paco Pescado. Y los fans de Barry Gifford recordarán personajes de nombres tan estupendos como Romeo Dolorosa, Calavera Dorfman o los hermanos Mano y Boca Demente. En mi barrio nadie se llama así, pero anda que no sería bonito.

Solita Solano, pues, iba un buen día paseando por Greenwich Village cuando se dio de morros con Janet Flanner, que acababa de casarse con el amigo William. Zacabumba, flechazo instantáneo. Oliver, tenemos que hablar. William, cariño, te vas a reír cuando te lo cuente. No sabemos cómo se lo tomó el primero, pero ya les digo que el segundo era más bueno que el pan tierno y despidió a Janet con besos y bendiciones. De hecho, ni siquiera se molestaron en divorciarse hasta mucho más tarde, y aun entonces lo hicieron amistosamente y sin gritarse.

   Las dos señoritas habían encontrado a su alma gemela. Las dos leían todo lo que les caía cerca y se iban de copas con gente tan estupenda como Harold Ross, editor de The New Yorker, o su mujer, Jane Grant, escritora feminista que coincidió con Janet en la Lucy Stone League, un grupo que luchaba para que las señoras pudieran conservar su propio apellido al casarse, lo que a lo mejor a usted, Amigo Lector Nacido y Criado en Tiempos Modernos, le parece una chorrada como un piano. No lo era entonces y sigue sin serlo, y aprovecho para recordar a los escépticos la existencia de una tienda de ropa para novias que se llama Señora de. Con dos cojones.

Total, que Janet y Solita se lo estaban pasando pipa y decidieron ir a pasear tanto amor y tanta literatura por algún lugar exótico. Le cedo la palabra a James Campbell, autor del prefacio de París era ayer. Dinos, James.


" Cuando Janet Flanner llegó a París en 1922, intuyó que su futuro literario estaba en la ficción. Tenía treinta años, acababa de librarse de un matrimonio que no le convenía y admitía que le atraían más las mujeres que los hombres. Se había embarcado en una novela que se titulaba La ciudad cúbica, un título que sonaba bastante moderno, intentaba escribir poesía y esporádicamente mandaba artículos a periódicos y revistas.

Su compañera en la Orilla Izquierda era Solita Solano, una actriz que se pasó a la escritura y que también huía de las convenciones. La pareja seguiría manteniendo su amistad de por vida, aunque no siempre fueron amantes. Solita había sido desheredada y se había inventado una nueva identidad, pero ni a ella ni a Flanner les faltaba el dinero. Pasaron un año viajando por Grecia, Italia y Alemania antes de alquilar de manera permanente cuatro habitaciones en el modesto Hotel St. Germain des Prés, en la Rue Bonaparte. No habían oído hablar de la Generación Perdida, pero de todos modos, fuera lo que fuera, ellas no pertenecían a aquella. Flanner vivió en hoteles gran parte de su vida; más adelante residiría en el Ritz."

No sé a ustedes, pero a mí me da una envidia de espanto el concepto de escritor, generalmente norteamericano, que decide vivir en un hotel porque puede y porque le da la gana. Da lo mismo que sea en la propia ciudad, como Dorothy Parker en el Algonquin, o en el extranjero, como hacían Truman Capote y Jack Dunphy cuando se iban a Italia. La cosa es que vivir en un hotel supone renunciar alegremente al concepto de hogar, supone vivir entre extraños, alimentarse de martinis y aperitivos salados, decirle al mundo que ahí te las den todas. Bien y bravo. Y después de este breve inciso, volvemos a lo nuestro. ¿Qué estabas diciendo, James?
Además de su obra de ficción y de su poesía sáfica, Flanner escribió cartas: a su madre, a la que preocupaba la cabezonería de su hija; al marido que había abandonado, que al parecer le mantuvo su lealtad y afecto en años posteriores; a una vieja amiga de Manhattan, Jane Grant, que se había casado con un periodista llamado Harold Ross, que en 1925 estaba a punto de convertirse en el director del recientemente fundado New Yorker, una revista de noticias de actualidad y de humor. En sus primeros números, el New Yorker tenía muy pocas pretensiones literarias (se las dejaba a su rival, el Vanity Fair, que publicaba a gente como Aldous Huxley, Djuna Barnes y Edmund Wilson).
   Los Ross debieron de compartir las cartas de Flanner, tal como suelen hacer las parejas, pues en el verano de ese año, cuando la revista llevaba apareciendo apenas unos meses, Jane Grant la invitó a enviar una crónica quincenal desde París. Ross, le dijo, “quiere anécdotas e informaciones que les resulten familiares a los norteamericanos, chismes acerca del mundo del arte y un poco sobre la moda, quizá… muchos comentarios acerca de la gente que se ve por ahí y quiere que en todo ello le inyectes una personalidad definida. De hecho, cualquiera de tus cartas serviría”.
   De este modo, Janet Flanner empezó a enviar noticias a su país, igual que se las mandaría a un confidente, aunque con los años alcanzaría la cifra de medio millón de lectores. La fórmula de Jane Grant era buena: muchos escritores envidian el brío de sus propias cartas, y se preguntan cómo transmitir la misma seguridad a su obra “seria”.
   ¿Y qué es lo que había en París para que mereciera la pena mandar una crónica cada quince días? Pues, para empezar, la Generación Perdida. Les pongo en antecedentes, que les veo un poco perdidos también.

   En París, en la Rue de l’Odéon, la señorita Adrienne Monnier regentaba esta librería tan bonita:

En la Maison des Amis des Livres se vendían las obras señeras de la literatura contemporánea. Pero además, también era punto de encuentro de escritores como André Gide, poetas como Paul Valéry o novelistas como Jules Romains. A estas reuniones asistía de vez en cuando Sylvia Beach, una joven norteamericana que se quedó pasmada de ver tanto y tan bueno allí mezclado y decidió hacer lo mismo, pero en inglés. Se fue al otro lado de la calle y abrió esta librería:

Aquello fue la repanocha, la caraba, el acabóse. Entre la Maison des Amis des Livres, la librería Shakespeare & Company y el café Les Deux Magots circulaba lo más granado, lo más talentoso y lo más extravagante del París de la época. Había pintores, como Henri Matisse, Pablo Picasso o Max Ernst; había bailarinas, como Isadora Duncan o los componentes del Ballet Ruso; había actrices, como Sarah Bernhardt; había condesas y rameras, había militares y había poetas surrealistas, había un poco de esto y un poco de aquello y todo era bueno.

   Y, especialmente, había un montón de escritores, residentes o visitantes, que cuesta enumerar sin pasmarse muchísimo: estaba el protomacho Ernest Hemingway; estaba el (increíblemente bueno y recomendable) poeta e. e. cummings con su mujer; estaba la pareja Toklas-Stein, centro del mundillo lésbico; estaba el popular John Dos Passos; estaba el aún más popular James Joyce, que era la estrella del momento por la polémica publicación del Ulysses; estaba el poeta Hart Crane, que era un borrachuzo de los que hacen época; estaban Scott y Zelda Fitzgerald, que organizaron un fiestorro memorable en un barco anclado en el Sena, y más adelante estarían Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir. Y muchos, muchos más.
   Con ellos, Janet y Solita se fueron a merendar, al teatro, al ballet y a dar una vuelta. Se lo pasaron pipa e hicieron amiguitos. Djuna Barnes, que las conocía y frecuentaba mucho, las retrata en su Almanaque de las mujeres, con los pseudónimos de Nip y Tuck. También Janet Flanner habla de ella en sus crónicas:
Djuna Barnes era la escritora más importante que teníamos en París. Era una mujer alta, bastante guapa, de voz vigorosa, y una extraordinaria conversadora, llena de recuerdos de su vida neoyorquina en Washington Square y de su excéntrica infancia en algún lugar del Hudson.
La historia que más me gustaba de las que contaba trataba de una época en que su padre, que tenía unas ideas curiosas acerca de la nutrición, decidió que, puesto que las gallinas comían guijarros para ayudar a la digestión, unos cuantos guijarros en la dieta de sus hijos podrían resultar igualmente saludables.
   Si el Amigo Lector piensa que su familia es un circo de grillados, debería probar a lidiar con la familia de la señorita Barnes. Además de someterla a la dieta pétrea, el padre de Djuna encontraba muy conveniente abusar regularmente de ella, con la colaboración de la abuela de la criatura. Pero otro día hablaremos de la vida y obra de Djuna Barnes, porque desde aquí les estoy viendo quedarse ojipláticos del susto.

   Las crónicas de Janet incluían un poco de todo: estrenos, necrológicas, ecos de sociedad y cotilleo puro y duro. Cotilleo de altura, naturalmente. Venga, échenle un ojo al debut de Josephine Baker en París:
Hizo su aparición completamente desnuda, a excepción de una pluma rosa de flamenco entre las piernas; la llevaba sobre el hombro un negro gigantesco, y ella estaba boca abajo con las piernas abiertas ciento ochenta grados. El negro se paró en mitad del escenario, y sujetándola por la cintura con sus largos dedos como si fuera un cesto, la bajó hasta el suelo del escenario en una lenta voltereta, donde ella permaneció, como una magnífica carga que acaban de dejar, en un instante de completo silencio. Josephine Baker era una inolvidable estatua de ébano. Un grito de saludo se extendió por todo el teatro.
Lo que sucedía después no era importante. Los dos elementos específicos habían quedado establecidos y eran inolvidables: el magnífico cuerpo moreno de ella, un modelo nuevo que por primera vez demostró a los franceses que lo negro era hermoso, y la vehemente reacción del público masculino y blanco de París, la capital del hedonismo de toda Europa. No había pasado ni media hora desde que bajara el telón de la noche del estreno, y la noticia de su llegada se había extendido a través del boca a boca por todos los cafés de los Champs-Élysées, donde los testigos de su triunfo, delante de una copa, repetían excitados el relato de lo que acababan de ver: ellos sin saciarse nunca de reiterarlo, y los que los escuchaban anhelando oír más verdades tan fantásticas como ésa.



(...)
Lector Constante sigue recordando algunas de las mujeres citadas por Jannet Flanner en sus crónicas, como Cora Pearl, o Lianne de Pougy.
Lo pasé bien leyendo esta entrada.

martes, 4 de agosto de 2009

Valadon-Utrillo. Exposición en la Pinacotètheque.


Valadon - Utrillo.
Pinacothèque de Paris (28, PLACE DE LA MADELEINE)
Del 6 de marzo de 2009 al 15 de septiembre de 2009
Es una importante exposición que reúne más de cincuenta obras de cada uno de los dos artistas.Esta "pareja" madre-hijo, atipica, bohemia y transgresora, vivió en el centro de un universo artistico a caballo entre dos periodos: el del Impresionismo y la Escuela de Paris. Refleja la historia del difícil paso de una época de artistas pertenecientes a la clase burguesa a un nuevo grupo de artistas pertenecientes a categorías sociales mucho más populares que en algunos casos viven difícilmente su condición de artistas.Le Moulin de la Galette, la rue Marcadet, el famoso cabaret « Lapin Agile », son algunos de los lugares que a Maurice Utrillo, artista maldito y alcóholico, le gustaba pintar y le dió la fama, poniéndole a la cabeza de la Escuela de Paris en los años 1910. Su pintura no puede desligarse de la relación que el artista mantenía con su madre, Suzanne Valadon, una pintora y una mujer libre para su época, al margen de los códigos, que realizaba una obra mucho más energica y colorista que la de su hijo, pero que comenzó a ser reconocida mucho más tarde.
Más información:
Sobre Suzanne Valadon y Maurice Utrillo:
Sobre la exposición:

domingo, 26 de julio de 2009

elles@centrepompidou, mujeres artistas en las colecciones del Museo nacional de arte moderno


Centre Pompidou, 27 mayo 2009 - 24 de mayo 2010

Por primera vez en el mundo, un museo presenta sus colecciones en femenino. Esta nueva presentación de las colecciones del Museo nacional de arte moderno se dedica totalmente a las mujeres artistas, desde el siglo XX hasta la actualidad.

Tras Big Bang en el 2005 y el Mouvement des Images (El movimiento de las Imágenes) en 2006-2007, elles@centrepompidou es la tercera presentación temática de las colecciones del Centro Pompidou.

Asì la institución que ha sabido constituir la primera colección europea de arte moderno y contemporáneo, puede afirmar su compromiso acerca de las mujeres artistas, de todas nacionalidades y disciplinas, y volver a colocarlas al centro de la historia del arte moderno y contemporáneo del siglo XX y del siglo XXI.

Figuras emblemáticas como Sonia Delaunay, Frida Kahlo, Dorothea Tanning, Joan Mitchell y Maria-Elena Vieira da Silva se codean con las grandes creadoras contemporáneas. Entre ellas Sophie Calle, Annette Messager y Louise Bourgeois han sido el objeto de exposiciones monográficas recientes en el Centro Pompidou.

La programación pluridisciplinaria subraya los ámbitos culturales en los que las mujeres se dedican desde hace un siglo, tanto en literatura como en historia del pensamiento, del baile o también del cine.


RECORRIDO DE LA EXPOSICIÓN

Pioneras
Nivel 5. Abstractas, primitivas, funcionales, urbanas, transdisciplinarias, surreales, amazonas, objetivas... Ocho salas presentan las obras de estas pioneras que han acompañado las vanguardias y las evoluciones, en todos los medios artísticos: Shirley Jaffe, Joan Mitchell, Sonia Delaunay, Natalia S. Gontcharova, Hannah Höch, Frida Kahlo, Judit Reigl, Suzanne Valadon, Diane Arbus, Dora Maar.

Fuego a voluntad
En apertura en el Nivel 4. Niki de Saint Phalle, Karen Knorr, Rosemarie Trocket entre otras, representan a todas aquellas comprometidas en la historia, feministas, críticas, fotógrafas e intérpretes, con sus visiones personales de la realidad.

Cuerpo eslogan
Nivel 4. Precoces e inventivas, tanto en fotografía como en vídeo, las mujeres artistas han transformado más recientemente las prácticas del dibujo, revisitando la propia noción del cuerpo. ORLAN, Atsuko Tanaka o Ana Mendieta se han orientado hacia la representación del cuerpo, de sus estereotipos, en particular lo del género, así como su puesta en escena, en los comienzos de la performance.

Eccentric Abstraction
Nivel 4. Esenciales en la redefinición de las categorías visuales y teóricas, las mujeres artistas han comentado y explorado múltiples vías entre la abstracción y la figuración, lo orgánico y lo sistemático, lo conceptual y lo sensual. Como lo demuestran, entre otras, las obras de Louise Bourgeois, Agnes Martin, Vera Molnar, Valérie Jouve, Hanne Darboven.

Una habitación propia
Nivel 4. Juntadas bajo del libro en el que Virginia Woolf se interroga sobre las condiciones de producción de la obra de arte, aquí se puede descubrir las obras de artistas que abordan la cuestión del espacio privado, que tejen nuevos vínculos entre proyecciones mentales y espacios de exposición. Aquí encontramos a Dorothea Tanning, Tatiana Trouvé, Charlotte Perriand, Sophie Calle.

La palabra a la obra
Nivel 4. Desde la narración hasta la enumeración, pasando por la autobiografía, la cita, la leyenda y las múltiples derivas del libro de artista, creadoras como Jenny Holzer, Barbara Kruger, Natacha Lesueur, Cristina Iglesias, Eija-Liisa Ahtila exploran los usos distintos del lenguaje en el arte. Arte conceptual, mitologías cotidianas, apropiación y post-modernismo, utilizan la palabra como medio, mientras que las instalaciones de vídeo redefinen la idea de narración.

Las Inmateriales
Nivel 4. Matali Crasset, Alisa Andrasek, Tacita Dean, Louise Campbell, Isa Genzken, Nancy Wilson-Pajic, Geneviève Asse, entre otras, concluyen sobre una de las características más sorprendentes del arte contemporáneo, es decir la desmaterialización de la obra de arte. Su título es un guiño a una de las exposiciones culto del Centro Pompidou: Les immatériaux (Los inmateriales).


domingo, 5 de abril de 2009

Mujeres de la « Rive Gauche»

Mujeres de la « Rive Gauche»
Shari Benstock
Traducción de Victor Pozanco. Lumen. Barcelona, 1992. 600 páginas, 4.600 pesetas
Crítica literaria de RAFAEL CONTE- Aparecida en ABC literario (s/f- ¿1992?-)
"HACE un par de años, en esta misma editorial y colección se publicaba el espléndido trabajo de la profesora norteamericana Noel Riley Fitch sobre "Sylvia Beach y la generación perdida», en el que, con aplastante documentación y buen estilo narrativo. se nos iluminaba la parte más cotidiana y casi periodística de ese brillante momento de la literatura anglosajona contemporánea que del lado norteamericano se conoció por el apelativo citado -«generación perdida»- y del británico se ha inscrito en el amplio movimiento que ellos denominan «modernismo». El libro se centraba en la biografía de Sylvia Beach, la librera y editora norteamericana que fundó y dirigió en París desde 1919 hasta finales de 1941. en plena guerra mundial, la librería «Shakespeare and Company», en la calle del Odéon -tras un principio cercano, en la calle Dupuytren-, que fue la benefactora de Joyce, quien primero publicó «Ulises», y gran protectora y animadora de los grandes escritores de aquella generación, junto a su amiga y compañera la escritora, editora y asimismo librera francesa Adrienne Monnier, propietaria de otra librería, situada en la misma calle y casi enfrente, «La Maison des Amis des Livres».
Este libro que ahora aparece de la profesora, asimismo norteamericana, Shari Benstock, «Mujeres de la "Rive Gauche" (París, 1900-1940)», insiste en el mismo paisaje reduciendo notablemente sus límites y personajes, aunque también profundizando considerablemente en su metodología. El libro de Riley partía de un personaje fundamental, la propia Sylvia Beach y sus dos grandes acompañantes, Adrienne Monnier y James Joyce, mientras el resto -la miríada- de las ilustres figuras, aunque bien descritas, se trataban como en escorzo, y en todo caso se trataba de un libro historicista y culturalista, bien que magníficamente escrito, como un gran reportaje. Por el contrario, el de Benstock elige nada menos que veintidós protagonistas, otras tantas mujeres que escribieron o publicaron durante aquellos años en la capital francesa, y que fueron, bien eficaces comparsas del modernismo inglés y la generación perdida norteamericana, bien protagonistas de pleno derecho en ambos movimientos. Y, al mismo tiempo, este libro se pretende de crítica literaria, aunque al emplear una metodología más concreta -la de los estudios feministas- resulta ser más de crítica histórica, psicoanalítica, sociológica y cultural que literaria en suma.
Muchos de los nombres de las protagonistas apenas dirán nada al lector español no especialista, mas no hay que asustarse ya que tampoco aparecen estudiados en profundidad, como son los casos de Margaret Anderson, Kay Boyle, «Bryher», Caresse Crosby, Nancy Cunard, Jane Heap, Maria Jolas, Mina Loy, Solita Solano o Renée Vivien. Sorprende que otras de estas figuras, como la de la periodista Janet Flanner, reciba tan detenida atención, un capítulo completo, más que la concedida, por ejemplo, a Anais Nin o Jean Rhys, de mayor importancia creadora. Las verdaderas protagonistas del libro son sin duda, por orden cronológico, Edith Wharton, Natalie Clifford Barney, Gertrude Stein -con el apéndice de Alice B. Toklas-, Djuna Barnes, Hilda Doolittle, las dos libreras citadas, Beach y Monnier, y la francesa Colette. Y hay que hacer constar que los estudios dedicados a Wharton, Barney -verdadera sacerdotisa del feminismo lésbico, dueña de una gran fortuna, que escribía en francés versos hoy bastante superados-, Stein, Barnes y Doolittle son espléndidos, lo que en el caso de esta última -la «H. D. imagiste», que descubriera Pound, cuyo prestigio se ha afianzado en los últimos tiempos de manera espectacular- constituye un verdadero tesoro para el lector español preocupado por la poesía de nuestro siglo.
Tras repasar la lista, se verá que el denominador común que todo lo unifica es el del feminismo, y no solamente eso, sino, dentro de él, el feminismo lésbico, ya que trece de los nombres propuestos eran lesbianas, desde las más provocadoras y apologéticas -como Natalie Barney- hasta las más dolorosas -Djuna Barnes-, o «normalizadas» y estables, como Gertrude Stein y Toklas o las dos libreras de la calle del Odéon. Sorprende la ausencia de un nombre como el de Radclyfe Hall, la célebre autora de «El pozo de la soledad», que es eliminada casi de un plumazo por ser una mujer homosexual «masculinizada», pero se explica la de las francesas «Rachilde» o Noailles, básicamente heterosexuales, lo que asimismo choca con la presencia de Colette, que, si bien lo hizo en algún momento de su vida a derecha e izquierda, también lo fue (hetero) de manera radical. Pero esta presencia viene impuesta por la importancia radical de la novelista francesa en la historia y en la literatura, y hasta en la evolución del feminismo en nuestro siglo, aunque sin duda rompe la homogeneidad del grupo elegido, básicamente anglosajón. En realidad, también Gertrude Stein es parcialmente rechazada por la «conyugalidad» de su lesbianismo, aun reconociendo el gran valor de sus aportaciones literarias dentro del modernismo anglosajón. Y de hecho, otras escritoras más o menos heroicas como Nin y Rhys, poco o nada tuvieron que ver con el resto del grupo ni con el feminismo en general, Edith Wharton -la gran discípula de Henry James- fue un gran modelo burgués para la novela norteamericana de la época, y hasta la genial Djuna Barnes, tras escribir el doloroso y magistral testimonio de «El bosque de la noche», decepcionada de todo, se refugió en la soledad y la misantropía al final, durante más de cuarenta años.
El libro rechaza de plano figuras y obras como las de Ezra Pound o Marcel Proust -homosexual vergonzante en opinión de la autora- o apenas roza otras como las de André Gide, Pierre Louys -autor erótico a quien se califica, con manifesto error, de homosexual a su vez- o Rémy de Gourmont, el gran crítico francés tan admirado de Pound, que tan estrechas relaciones literarias mantuvo con Natalie Barney, a quien dedicó sus «Cartas a la Amazona». El ataque contra lo que aquí se denomina «cultura patriarcal» es tan constante y obsesivo que, al final, el método del libro resulta perfectamente reduccionista. Un ejemplo extraído del ataque a Ezra Pound en la página 49: «Más importante que especular acerca de quien tenía un ojo crítico más certero es percatarse que las relaciones de Pound con las mujeres eran difíciles y tensas». O cuando se señala que el mismo Pound es recordado «por sus importantes aportaciones literarias», mientras que la de «las mujeres modernistas ha sido ignorada y subestimada». Vaya por Dios, si esto es crítica literaria que baje y lo vea.
El feminismo ocupa un lugar importante dentro del pensamiento contemporáneo, pero la crítica literaria inspirada en él, preferentemente francesa y norteamericana, todavía no, quizá por su tendencia a autoconsiderarse como un método totalizador, que puede dar razón de todo. Su testimonio, liberador y hasta revelador de obras y figuras importantes, es muy estimable, pero en ocasiones cae en excesos discutibles. Si el feminismo no da razón de toda la realidad -en todo caso sólo podría darlo de su mitad- el feminismo lésbico todavía puede ser más reductor si se emplea con tal espíritu «evangelizador» y revanchista, de la misma manera que si existe una estética «de lo» homosexual en el terreno masculino, sus extrapolaciones conducen a extravíos más espectaculares y divertidos que certeros. Estos caminos, fértiles en cuanto revelan zonas poco explotadas -por demasiado explotadas, silenciadas y alienadas- de lo real, no pueden ser transitados, por su propio bien, con espíritu tan vindicativo. "
RAFAEL CONTE- ABC literario (s/f)

sábado, 4 de abril de 2009

Sylvia Beach y Adrienne Monnier, las libreras parisinas más comprometidas


Se convirtieron en importantes promotoras de la literatura en el París de los años 30, algo que casi les condujo a la ruina. Financiaron numerosas revistas de vanguardia y, gracias a su apoyo económico, el escritor James Joyce pudo sacar adelante el "Ulises", su obra más representativa


PRIMERO PRESTABAN LOS LIBROS Y, SI EL LECTOR QUEDABA CONFORME, se los vendían. Además, habían leído y podían recomendar todos los textos de los estantes. Eran Sylvia Beach y Adrienne Monnier, las libreras que hicieron por unir Francia, Estados Unidos, Irlanda e Inglaterra más que cuatro embajadores juntos. Las llamaban "embajadoras de las letras" y vivieron en París en los años de su esplendor, cuando era la meca de los escritores que llegaban de diferentes países buscando un medio cultural y un espacio permisivo.
Ambas mujeres se conocieron en París, aunque Sylvia había nacido en Baltimore. Su padre era pastor de la Iglesia Presbiteriana y la familia, muy mal avenida; no era un buen refugio para la muchacha. La madre, en cambio, amaba la literatura, viajaba permanentemente a Europa para alejarse de su esposo y recomendaba a sus hijas que no tuvieran contacto con hombres. Así, el carácter de Sylvia fue producto de la lucha de valores de sus padres: de su madre tomaría la idea de que debía pelear por su propia satisfacción y la necesidad de apoyar las artes y, de su padre, la entereza para tomarse cada aventura como si fuese una cruzada personal. Este carácter la llevó a colaborar en Serbia can la Cruz Roja durante la I Guerra Mundial y a convertirse en librera sin conocer el oficio.
Allí Sylvia conoció a Adrienne Monnier, cinco años menor, pero mucho más culta y cono-
cedora del medio. Ambas tienen librerías, una enfrente de la otra; en la Rue de l'Odéon, en la Rive Gauche, la célebre margen izquierda del Sena, poblada por intelectuales y bohemios que, entre 1921 y 1937, fue La "Rive Gauche", en París, fue el refugio de la experimentación literaria. La librería de Sylvia sería la mítica "Shakespeare & Co", la de Adrienne se llamaba "La casa de los amigos del libro".
Eran espacios de encuentro donde los jóvenes artistas de diferentes países podían sentarse a leer un libro, debatir sus estéticas y trabar amistad; allí, las mujeres de la época -cansadas de la cultura masculina-, encontraban también un lugar donde reunirse. Informales, generosas e inteligentes, las dos libreras fueron un eje en el movimiento literario de la época.
Lo que comenzó como una colaboración amistosa se convirtió en amor, y se fueron a vivir juntas. Eran complementarias pero muy diferentes. Sylvia era intuitiva y Adrienne práctica; la primera representaba el mundo anglosajón, la segunda el francés. A veces financiaban revistas de vanguardia, y no se debe pensar en ellas como simples mediadoras de la cultura sino como auténticas promotoras. Y fue esta generosidad la que casi las llevó a la ruina.
Todos conocemos el nombre de James Joyce, pero es posible que no hubiera llegado hasta nosotros su obra si no hubiera sido por el esfuerzo de estas dos mujeres.. Sylvia editó el "Ulises", que entonces nadie quería, y adelantó dinero a Joyce durante casi 10 años.
Cuando se hizo famoso, dio su obra a otro editor y colocó en apuros económicos a quienes lo habían lanzada con tanto desinterés. Al llegar la guerra, un oficial nazi quiso comprar el único volumen que Sylvia tenía de un libro de Joyce y, ante su negativa, las amenazó con requisarles los libros, hecho que las obligó a esconderlos. Luego Sylvia estaría presa dos años en un campo de concentración. La larga relación que mantenían se deshizo y, tras una penosa enfermedad, Adrienne Monnier se suicidó en 1955. En cambio Sylvia viviría hasta 1962.

Clara Obligado
http://www.mhmujer.com/
Mujer de Hoy
22/28 septiembre 2001
p.55
ISSN 1.576-6047


¿QUÉ PASABA ENTONCES?-La “Rive Gauche”, en Paris, fue, antes de la II Guerra Mundial, un lugar legendario donde convergían artistas de las más diversas nacionalidades. Muchas mujeres, disconformes con el sistema patriarcal, buscaban un espacio donde expresarse.
- Muchos escritores americanos vivieron durante estos años en París, no sólo por la libertad de costumbres y actividad artística, sino también porque se podía vivir con menos dinero.

Si te interesa, puedes leer:
"Mujeres de la Rive Gauche, París 1900-1940", de Shari Benstock. Editorial Lumen. Barcelona.
Ver:
"Paris era mujer"

martes, 30 de septiembre de 2008

Artistas Australianas en Paris

Ha sido un descubrimiento:

El gran número de mujeres australianas que llegaron a París desde un lejano continente -más allá de las americanas, mucho más allá de las venidas del este, en la antípodas de las refugiadas españolas...- y se instalaron en Paris durante las tres primeras décadas del siglo XX. Jóvenes mujeres artistas que llegaron -como tantas otras desde tantos otros sitios- buscando la promesa de una ciudad, Paris, que les ofrecía la libertad de crear y sentirse independientes.

Agnes Goodsir, Cherry-()Dunn- y (dos amigas)
AGNES GOODSIR

In a Quarter-Latin studio,ca


La parisienne, ca.1929

BESSIE DAVIDSON


Madame Le Roy assise de dos dans un interior,1920

GRACE CROWLEY


Retrato de Lucie Beynis

MARGARET PRESTON

Flapper, 1928

Compartieron aprendizaje en la Academia Colarossi, estudios y apartamentos, amistades y parejas. Algunas encontraron lo que buscaban al llegar. Y se quedaron. Otras volvieron a Australia.

A penas son conocidas. Especialmente fuera de las fronteras de Australia.


domingo, 28 de septiembre de 2008

BARBARA: su historia

50 Rue Vitruve, Paris XX.
Placa instalada en el edificio donde Barbara vivió desde 1946 hasta 1959.

Barbara fue una cantante y compositora francesa nacida como Mónica Andrée Serf el 9 de junio de 1930 en París y fallecida el 25 de noviembre de 1997 en Neuilly-sur-Seine.
En el momento de la ocupación de Francia por los nazis, y bajo el gobierno de Vichy, debió esconderse con sus familiares en la pequeña ciudad de Saint-Marcellin en el Isère ya que su familia era de origen judío (como relata un episodio de su vida en su libro de memorias: "Era un piano negro".
Caída la Francia de Vichy un vecino, profesor de música, la escuchó cantar y puso interés en desarrollar su talento. Tomó lecciones para aprender a dominar la voz y aprendió a tocar el piano. Luego se inscribió en la Escuela Superior de Música. Cantó en la Fontaine des Quatre Saisons, un cabaret entonces popular en París.

De 1950 al 1952 vivió en Bruselas, dónde se convirtió en miembro de la comunidad artística. Tras unos comienzos difíciles en diversos cabarets belgas, regresó a París, y comenzó a ofrecer pequeños recitales en cabarets como L’Ecluse, en 1958, donde comenzó a reunir un público fiel, en particular entre los estudiantes del barrio latino de París. En aquella época se acompañaba al piano e interpretaba canciones de sus amigos, Georges Brassens y Jacques Brel, y autores de principios de siglo, sobre todo Xarnof (autor del “Fiacre”) y Fragson.

En octubre de 1953, se casó con Claude Juan Lucas Sluys, estudiante belga de Derecho, pero del que se separó en 1956.

En 1957, regresó a Bruselas para grabar su primer disco y empezó a cantar sus propias composiciones. A comienzos de la década de 1960 el éxito llamó a su puerta con uno de los discos más conocidos de su discografía: Dis, quand reviendras-tu? (1963). De esta forma pasó de los cabarets a los teatros —Teatro Bobino, en Montparnasse, Teatro des Capucines-. Sus éxitos iban a más y a pesar de que su aspecto, considerado siniestro, no era tan apreciado como sus grabaciones, supo atraer, retener y cautivar la atención de la audiencia y de los críticos.
Su capacidad de escribir sus propias canciones reforzó su imagen. Su lírica, su aspecto dramático, y la profundidad de la emoción en su voz le aseguró un público que le siguió siendo fiel durante treinta años.

Sus canciones más famosas fueron "Ma plus belle histoire d’amour", "L'aigle noir" -El águila negra- (versionada posteriormente en catalán por María del Mar Bonet), "Nantes" (versionada en brusselois, dialecto próximo de neerlandés, por el grupo 't Crejateef Complot bajo el título "Brugge" yen catalán por Guillermina Motta), "La solitude" y "Une petite cantate".
En 1965, su álbum "Barbara canta a Barbara" tuvo gran éxito comercial y ganó el Premio de la Academia Charles Cros. En la ceremonia, Barbara partió el trofeo en varios pedazos que distribuyó entre los técnicos para mostrarles su gratitud. Comenzó entonces a repartir su dinero y usar su fama para socorrer a niños en condiciones miserables.
En 1969, anunció que se hacía actriz. Su papel principal fue en la comedia musical "Señora", de Albert Willemetz, donde Barbara aparecía disfrazada de travesti. En 1972 participa con Jacques Brel, dirigida por él mismo, en la película "Franz", para la que escribe la melodía principal. Dos años más tarde apareció en "El Ave rara" realizada por Jean-Claude Brialy. Su última presentación se efectuó en 1977 en "Nací en Venecia", una realización del bailarín y coreógrafo Maurice Béjart.
Su carrera musical siguió en los años 70 y a principios de los 80 su álbum "Única" fue líder de ventas (en 1981). Al año siguiente le otorgaron el Premio al Mejor Disco en reconocimiento a su contribución a la cultura francesa. En 1982 fue a Nueva York para interpretar al piano en la Ópera Metropolitana con Mikhail Baryshnikov una canción y la presentación de un ballet.

A finales de los años 1980 se hizo una participante muy activa en colectas de financiación para el tratamiento del sida. En 1988 le concedieron la Orden de la Legión de Honor de la República Francesa.

Enferma, consagró su tiempo a la redacción de sus memorias, hasta que falleció por problemas respiratorios. En estas memorias -Era un piano negro, publicadas en 1998-, reveló haber sufrido el incesto de su padre, quien después abandonó a su familia.

Está enterrada en el cementerio de Bagneux en Montrouge, en el sur de París.
En 1998, el Ayuntamiento de la ciudad de Saint-Marcellin, donde Barbara y su familia se refugiaron durante la Ocupación nazi, decidió dar su nombre a un parque de la ciudad.

Gran figura de la canción francesa, compuso numerosas obras maestras entre las que se encuentran “Göttingen”, “Attendez que ma joie revienne”, “Marienbad”, “Une petite cantate”, y “Ma plus belle histoire d’amour”, la última considerada su canción fetiche.

Las canciones de Barbara, lejos de expresar la alegría de la vida, reflejan su aspecto melancólico: recuerdos amorosos (“Ma plus belle histoire d’amour”), la muerte del padre (“Nantes”), la espera del ser amado (“Pierre”), pero todo expresado de una manera contenida. Su música, siempre en tonalidades menores, dolorosa, refuerza este aspecto. En el escenario suscitaba pasiones por su figura alargada y vestida de negro, en una atmósfera intimista, hábilmente creada, su modo lánguido de tocar el piano y además unas luces que subrayaban el aspecto casi privado del espectáculo.
Vídeo:
Barbara: "Ma plus belle histoire d'amour"
(con subs. en español)