domingo, 5 de abril de 2009

Mujeres de la « Rive Gauche»

Mujeres de la « Rive Gauche»
Shari Benstock
Traducción de Victor Pozanco. Lumen. Barcelona, 1992. 600 páginas, 4.600 pesetas
Crítica literaria de RAFAEL CONTE- Aparecida en ABC literario (s/f- ¿1992?-)
"HACE un par de años, en esta misma editorial y colección se publicaba el espléndido trabajo de la profesora norteamericana Noel Riley Fitch sobre "Sylvia Beach y la generación perdida», en el que, con aplastante documentación y buen estilo narrativo. se nos iluminaba la parte más cotidiana y casi periodística de ese brillante momento de la literatura anglosajona contemporánea que del lado norteamericano se conoció por el apelativo citado -«generación perdida»- y del británico se ha inscrito en el amplio movimiento que ellos denominan «modernismo». El libro se centraba en la biografía de Sylvia Beach, la librera y editora norteamericana que fundó y dirigió en París desde 1919 hasta finales de 1941. en plena guerra mundial, la librería «Shakespeare and Company», en la calle del Odéon -tras un principio cercano, en la calle Dupuytren-, que fue la benefactora de Joyce, quien primero publicó «Ulises», y gran protectora y animadora de los grandes escritores de aquella generación, junto a su amiga y compañera la escritora, editora y asimismo librera francesa Adrienne Monnier, propietaria de otra librería, situada en la misma calle y casi enfrente, «La Maison des Amis des Livres».
Este libro que ahora aparece de la profesora, asimismo norteamericana, Shari Benstock, «Mujeres de la "Rive Gauche" (París, 1900-1940)», insiste en el mismo paisaje reduciendo notablemente sus límites y personajes, aunque también profundizando considerablemente en su metodología. El libro de Riley partía de un personaje fundamental, la propia Sylvia Beach y sus dos grandes acompañantes, Adrienne Monnier y James Joyce, mientras el resto -la miríada- de las ilustres figuras, aunque bien descritas, se trataban como en escorzo, y en todo caso se trataba de un libro historicista y culturalista, bien que magníficamente escrito, como un gran reportaje. Por el contrario, el de Benstock elige nada menos que veintidós protagonistas, otras tantas mujeres que escribieron o publicaron durante aquellos años en la capital francesa, y que fueron, bien eficaces comparsas del modernismo inglés y la generación perdida norteamericana, bien protagonistas de pleno derecho en ambos movimientos. Y, al mismo tiempo, este libro se pretende de crítica literaria, aunque al emplear una metodología más concreta -la de los estudios feministas- resulta ser más de crítica histórica, psicoanalítica, sociológica y cultural que literaria en suma.
Muchos de los nombres de las protagonistas apenas dirán nada al lector español no especialista, mas no hay que asustarse ya que tampoco aparecen estudiados en profundidad, como son los casos de Margaret Anderson, Kay Boyle, «Bryher», Caresse Crosby, Nancy Cunard, Jane Heap, Maria Jolas, Mina Loy, Solita Solano o Renée Vivien. Sorprende que otras de estas figuras, como la de la periodista Janet Flanner, reciba tan detenida atención, un capítulo completo, más que la concedida, por ejemplo, a Anais Nin o Jean Rhys, de mayor importancia creadora. Las verdaderas protagonistas del libro son sin duda, por orden cronológico, Edith Wharton, Natalie Clifford Barney, Gertrude Stein -con el apéndice de Alice B. Toklas-, Djuna Barnes, Hilda Doolittle, las dos libreras citadas, Beach y Monnier, y la francesa Colette. Y hay que hacer constar que los estudios dedicados a Wharton, Barney -verdadera sacerdotisa del feminismo lésbico, dueña de una gran fortuna, que escribía en francés versos hoy bastante superados-, Stein, Barnes y Doolittle son espléndidos, lo que en el caso de esta última -la «H. D. imagiste», que descubriera Pound, cuyo prestigio se ha afianzado en los últimos tiempos de manera espectacular- constituye un verdadero tesoro para el lector español preocupado por la poesía de nuestro siglo.
Tras repasar la lista, se verá que el denominador común que todo lo unifica es el del feminismo, y no solamente eso, sino, dentro de él, el feminismo lésbico, ya que trece de los nombres propuestos eran lesbianas, desde las más provocadoras y apologéticas -como Natalie Barney- hasta las más dolorosas -Djuna Barnes-, o «normalizadas» y estables, como Gertrude Stein y Toklas o las dos libreras de la calle del Odéon. Sorprende la ausencia de un nombre como el de Radclyfe Hall, la célebre autora de «El pozo de la soledad», que es eliminada casi de un plumazo por ser una mujer homosexual «masculinizada», pero se explica la de las francesas «Rachilde» o Noailles, básicamente heterosexuales, lo que asimismo choca con la presencia de Colette, que, si bien lo hizo en algún momento de su vida a derecha e izquierda, también lo fue (hetero) de manera radical. Pero esta presencia viene impuesta por la importancia radical de la novelista francesa en la historia y en la literatura, y hasta en la evolución del feminismo en nuestro siglo, aunque sin duda rompe la homogeneidad del grupo elegido, básicamente anglosajón. En realidad, también Gertrude Stein es parcialmente rechazada por la «conyugalidad» de su lesbianismo, aun reconociendo el gran valor de sus aportaciones literarias dentro del modernismo anglosajón. Y de hecho, otras escritoras más o menos heroicas como Nin y Rhys, poco o nada tuvieron que ver con el resto del grupo ni con el feminismo en general, Edith Wharton -la gran discípula de Henry James- fue un gran modelo burgués para la novela norteamericana de la época, y hasta la genial Djuna Barnes, tras escribir el doloroso y magistral testimonio de «El bosque de la noche», decepcionada de todo, se refugió en la soledad y la misantropía al final, durante más de cuarenta años.
El libro rechaza de plano figuras y obras como las de Ezra Pound o Marcel Proust -homosexual vergonzante en opinión de la autora- o apenas roza otras como las de André Gide, Pierre Louys -autor erótico a quien se califica, con manifesto error, de homosexual a su vez- o Rémy de Gourmont, el gran crítico francés tan admirado de Pound, que tan estrechas relaciones literarias mantuvo con Natalie Barney, a quien dedicó sus «Cartas a la Amazona». El ataque contra lo que aquí se denomina «cultura patriarcal» es tan constante y obsesivo que, al final, el método del libro resulta perfectamente reduccionista. Un ejemplo extraído del ataque a Ezra Pound en la página 49: «Más importante que especular acerca de quien tenía un ojo crítico más certero es percatarse que las relaciones de Pound con las mujeres eran difíciles y tensas». O cuando se señala que el mismo Pound es recordado «por sus importantes aportaciones literarias», mientras que la de «las mujeres modernistas ha sido ignorada y subestimada». Vaya por Dios, si esto es crítica literaria que baje y lo vea.
El feminismo ocupa un lugar importante dentro del pensamiento contemporáneo, pero la crítica literaria inspirada en él, preferentemente francesa y norteamericana, todavía no, quizá por su tendencia a autoconsiderarse como un método totalizador, que puede dar razón de todo. Su testimonio, liberador y hasta revelador de obras y figuras importantes, es muy estimable, pero en ocasiones cae en excesos discutibles. Si el feminismo no da razón de toda la realidad -en todo caso sólo podría darlo de su mitad- el feminismo lésbico todavía puede ser más reductor si se emplea con tal espíritu «evangelizador» y revanchista, de la misma manera que si existe una estética «de lo» homosexual en el terreno masculino, sus extrapolaciones conducen a extravíos más espectaculares y divertidos que certeros. Estos caminos, fértiles en cuanto revelan zonas poco explotadas -por demasiado explotadas, silenciadas y alienadas- de lo real, no pueden ser transitados, por su propio bien, con espíritu tan vindicativo. "
RAFAEL CONTE- ABC literario (s/f)

sábado, 4 de abril de 2009

Sylvia Beach y Adrienne Monnier, las libreras parisinas más comprometidas


Se convirtieron en importantes promotoras de la literatura en el París de los años 30, algo que casi les condujo a la ruina. Financiaron numerosas revistas de vanguardia y, gracias a su apoyo económico, el escritor James Joyce pudo sacar adelante el "Ulises", su obra más representativa


PRIMERO PRESTABAN LOS LIBROS Y, SI EL LECTOR QUEDABA CONFORME, se los vendían. Además, habían leído y podían recomendar todos los textos de los estantes. Eran Sylvia Beach y Adrienne Monnier, las libreras que hicieron por unir Francia, Estados Unidos, Irlanda e Inglaterra más que cuatro embajadores juntos. Las llamaban "embajadoras de las letras" y vivieron en París en los años de su esplendor, cuando era la meca de los escritores que llegaban de diferentes países buscando un medio cultural y un espacio permisivo.
Ambas mujeres se conocieron en París, aunque Sylvia había nacido en Baltimore. Su padre era pastor de la Iglesia Presbiteriana y la familia, muy mal avenida; no era un buen refugio para la muchacha. La madre, en cambio, amaba la literatura, viajaba permanentemente a Europa para alejarse de su esposo y recomendaba a sus hijas que no tuvieran contacto con hombres. Así, el carácter de Sylvia fue producto de la lucha de valores de sus padres: de su madre tomaría la idea de que debía pelear por su propia satisfacción y la necesidad de apoyar las artes y, de su padre, la entereza para tomarse cada aventura como si fuese una cruzada personal. Este carácter la llevó a colaborar en Serbia can la Cruz Roja durante la I Guerra Mundial y a convertirse en librera sin conocer el oficio.
Allí Sylvia conoció a Adrienne Monnier, cinco años menor, pero mucho más culta y cono-
cedora del medio. Ambas tienen librerías, una enfrente de la otra; en la Rue de l'Odéon, en la Rive Gauche, la célebre margen izquierda del Sena, poblada por intelectuales y bohemios que, entre 1921 y 1937, fue La "Rive Gauche", en París, fue el refugio de la experimentación literaria. La librería de Sylvia sería la mítica "Shakespeare & Co", la de Adrienne se llamaba "La casa de los amigos del libro".
Eran espacios de encuentro donde los jóvenes artistas de diferentes países podían sentarse a leer un libro, debatir sus estéticas y trabar amistad; allí, las mujeres de la época -cansadas de la cultura masculina-, encontraban también un lugar donde reunirse. Informales, generosas e inteligentes, las dos libreras fueron un eje en el movimiento literario de la época.
Lo que comenzó como una colaboración amistosa se convirtió en amor, y se fueron a vivir juntas. Eran complementarias pero muy diferentes. Sylvia era intuitiva y Adrienne práctica; la primera representaba el mundo anglosajón, la segunda el francés. A veces financiaban revistas de vanguardia, y no se debe pensar en ellas como simples mediadoras de la cultura sino como auténticas promotoras. Y fue esta generosidad la que casi las llevó a la ruina.
Todos conocemos el nombre de James Joyce, pero es posible que no hubiera llegado hasta nosotros su obra si no hubiera sido por el esfuerzo de estas dos mujeres.. Sylvia editó el "Ulises", que entonces nadie quería, y adelantó dinero a Joyce durante casi 10 años.
Cuando se hizo famoso, dio su obra a otro editor y colocó en apuros económicos a quienes lo habían lanzada con tanto desinterés. Al llegar la guerra, un oficial nazi quiso comprar el único volumen que Sylvia tenía de un libro de Joyce y, ante su negativa, las amenazó con requisarles los libros, hecho que las obligó a esconderlos. Luego Sylvia estaría presa dos años en un campo de concentración. La larga relación que mantenían se deshizo y, tras una penosa enfermedad, Adrienne Monnier se suicidó en 1955. En cambio Sylvia viviría hasta 1962.

Clara Obligado
http://www.mhmujer.com/
Mujer de Hoy
22/28 septiembre 2001
p.55
ISSN 1.576-6047


¿QUÉ PASABA ENTONCES?-La “Rive Gauche”, en Paris, fue, antes de la II Guerra Mundial, un lugar legendario donde convergían artistas de las más diversas nacionalidades. Muchas mujeres, disconformes con el sistema patriarcal, buscaban un espacio donde expresarse.
- Muchos escritores americanos vivieron durante estos años en París, no sólo por la libertad de costumbres y actividad artística, sino también porque se podía vivir con menos dinero.

Si te interesa, puedes leer:
"Mujeres de la Rive Gauche, París 1900-1940", de Shari Benstock. Editorial Lumen. Barcelona.
Ver:
"Paris era mujer"

martes, 30 de septiembre de 2008

Artistas Australianas en Paris

Ha sido un descubrimiento:

El gran número de mujeres australianas que llegaron a París desde un lejano continente -más allá de las americanas, mucho más allá de las venidas del este, en la antípodas de las refugiadas españolas...- y se instalaron en Paris durante las tres primeras décadas del siglo XX. Jóvenes mujeres artistas que llegaron -como tantas otras desde tantos otros sitios- buscando la promesa de una ciudad, Paris, que les ofrecía la libertad de crear y sentirse independientes.

Agnes Goodsir, Cherry-()Dunn- y (dos amigas)
AGNES GOODSIR

In a Quarter-Latin studio,ca


La parisienne, ca.1929

BESSIE DAVIDSON


Madame Le Roy assise de dos dans un interior,1920

GRACE CROWLEY


Retrato de Lucie Beynis

MARGARET PRESTON

Flapper, 1928

Compartieron aprendizaje en la Academia Colarossi, estudios y apartamentos, amistades y parejas. Algunas encontraron lo que buscaban al llegar. Y se quedaron. Otras volvieron a Australia.

A penas son conocidas. Especialmente fuera de las fronteras de Australia.


domingo, 28 de septiembre de 2008

BARBARA: su historia

50 Rue Vitruve, Paris XX.
Placa instalada en el edificio donde Barbara vivió desde 1946 hasta 1959.

Barbara fue una cantante y compositora francesa nacida como Mónica Andrée Serf el 9 de junio de 1930 en París y fallecida el 25 de noviembre de 1997 en Neuilly-sur-Seine.
En el momento de la ocupación de Francia por los nazis, y bajo el gobierno de Vichy, debió esconderse con sus familiares en la pequeña ciudad de Saint-Marcellin en el Isère ya que su familia era de origen judío (como relata un episodio de su vida en su libro de memorias: "Era un piano negro".
Caída la Francia de Vichy un vecino, profesor de música, la escuchó cantar y puso interés en desarrollar su talento. Tomó lecciones para aprender a dominar la voz y aprendió a tocar el piano. Luego se inscribió en la Escuela Superior de Música. Cantó en la Fontaine des Quatre Saisons, un cabaret entonces popular en París.

De 1950 al 1952 vivió en Bruselas, dónde se convirtió en miembro de la comunidad artística. Tras unos comienzos difíciles en diversos cabarets belgas, regresó a París, y comenzó a ofrecer pequeños recitales en cabarets como L’Ecluse, en 1958, donde comenzó a reunir un público fiel, en particular entre los estudiantes del barrio latino de París. En aquella época se acompañaba al piano e interpretaba canciones de sus amigos, Georges Brassens y Jacques Brel, y autores de principios de siglo, sobre todo Xarnof (autor del “Fiacre”) y Fragson.

En octubre de 1953, se casó con Claude Juan Lucas Sluys, estudiante belga de Derecho, pero del que se separó en 1956.

En 1957, regresó a Bruselas para grabar su primer disco y empezó a cantar sus propias composiciones. A comienzos de la década de 1960 el éxito llamó a su puerta con uno de los discos más conocidos de su discografía: Dis, quand reviendras-tu? (1963). De esta forma pasó de los cabarets a los teatros —Teatro Bobino, en Montparnasse, Teatro des Capucines-. Sus éxitos iban a más y a pesar de que su aspecto, considerado siniestro, no era tan apreciado como sus grabaciones, supo atraer, retener y cautivar la atención de la audiencia y de los críticos.
Su capacidad de escribir sus propias canciones reforzó su imagen. Su lírica, su aspecto dramático, y la profundidad de la emoción en su voz le aseguró un público que le siguió siendo fiel durante treinta años.

Sus canciones más famosas fueron "Ma plus belle histoire d’amour", "L'aigle noir" -El águila negra- (versionada posteriormente en catalán por María del Mar Bonet), "Nantes" (versionada en brusselois, dialecto próximo de neerlandés, por el grupo 't Crejateef Complot bajo el título "Brugge" yen catalán por Guillermina Motta), "La solitude" y "Une petite cantate".
En 1965, su álbum "Barbara canta a Barbara" tuvo gran éxito comercial y ganó el Premio de la Academia Charles Cros. En la ceremonia, Barbara partió el trofeo en varios pedazos que distribuyó entre los técnicos para mostrarles su gratitud. Comenzó entonces a repartir su dinero y usar su fama para socorrer a niños en condiciones miserables.
En 1969, anunció que se hacía actriz. Su papel principal fue en la comedia musical "Señora", de Albert Willemetz, donde Barbara aparecía disfrazada de travesti. En 1972 participa con Jacques Brel, dirigida por él mismo, en la película "Franz", para la que escribe la melodía principal. Dos años más tarde apareció en "El Ave rara" realizada por Jean-Claude Brialy. Su última presentación se efectuó en 1977 en "Nací en Venecia", una realización del bailarín y coreógrafo Maurice Béjart.
Su carrera musical siguió en los años 70 y a principios de los 80 su álbum "Única" fue líder de ventas (en 1981). Al año siguiente le otorgaron el Premio al Mejor Disco en reconocimiento a su contribución a la cultura francesa. En 1982 fue a Nueva York para interpretar al piano en la Ópera Metropolitana con Mikhail Baryshnikov una canción y la presentación de un ballet.

A finales de los años 1980 se hizo una participante muy activa en colectas de financiación para el tratamiento del sida. En 1988 le concedieron la Orden de la Legión de Honor de la República Francesa.

Enferma, consagró su tiempo a la redacción de sus memorias, hasta que falleció por problemas respiratorios. En estas memorias -Era un piano negro, publicadas en 1998-, reveló haber sufrido el incesto de su padre, quien después abandonó a su familia.

Está enterrada en el cementerio de Bagneux en Montrouge, en el sur de París.
En 1998, el Ayuntamiento de la ciudad de Saint-Marcellin, donde Barbara y su familia se refugiaron durante la Ocupación nazi, decidió dar su nombre a un parque de la ciudad.

Gran figura de la canción francesa, compuso numerosas obras maestras entre las que se encuentran “Göttingen”, “Attendez que ma joie revienne”, “Marienbad”, “Une petite cantate”, y “Ma plus belle histoire d’amour”, la última considerada su canción fetiche.

Las canciones de Barbara, lejos de expresar la alegría de la vida, reflejan su aspecto melancólico: recuerdos amorosos (“Ma plus belle histoire d’amour”), la muerte del padre (“Nantes”), la espera del ser amado (“Pierre”), pero todo expresado de una manera contenida. Su música, siempre en tonalidades menores, dolorosa, refuerza este aspecto. En el escenario suscitaba pasiones por su figura alargada y vestida de negro, en una atmósfera intimista, hábilmente creada, su modo lánguido de tocar el piano y además unas luces que subrayaban el aspecto casi privado del espectáculo.
Vídeo:
Barbara: "Ma plus belle histoire d'amour"
(con subs. en español)

martes, 8 de julio de 2008

12 RUE CORTOT: MUSÉE MONTMARTRE

El edificio que hoy en día alberga el Museo Montmartre alojó en su momento los estudios de ilustres artistas.

Auguste Renoir, el más celebre de ellos, tuvo su taller aquí y realizó algunas de sus más famosas obras: "Le Bal du Moulin de la Galette", "La Balançoire", o "Danse à la Ville ", para los que Suzanne Valadon sirvió de modelo.
Paris 2009 391

Más tarde, Emile-Othon Friesz y Raoul Dufy, los "fauves", hicieron brillar, en los talleres del primer piso, sus salvajes colores mientras que Emile Bernard, llegado de Pont-Aven, con su elegancia provincial, rivalizaba con la del músico Erik Satie, vecino próximo (), obsesivamente enamorado de Suzanne Valadon, "la terrible Marie".
 
 
 
 
 
 
 

Aquí se instalaron Suzanne Valadon, su amante André Utter y su hijo Maurice Utrillo, dejando para la posteridad una de las alegorías más vivas de la Bohemia de Montmartre: "La trinidad maldita".

Otros muchos artistas han contribuído, igualmente, a enriquecer el espíritu del 12, rue Cortot, como Francisque Poulbot, Gazi le Tatar...
(Gazi le Tatar: Suzanne Valadon)
 
Con el transcurso de los años, el museo "du Vieux Montmartre" ha ido creando una colección única, constantemente enriquecida con aportaciones y testimonios de la vida de "la colina" -la Butte- y los artistas que la habitaron: documentos, cuadros, carteles, porcelanas, litografías, dibujos, mobiliario…
El Musée Montmartre nos propone un recorrido que nos acerca a la excepcional historia artística, política, religiosa y folclórica de la Butte Montmartre.
No está permitido hacer fotos, pero…
ARTÍCULOS RELACIONADOS:
En Archivos-Galería de Mujeres Artistas
En Una estantería anexa
Bibliografía: en Biblioteca de Mujeres Artistas/ Una estantería anexa:
Página web:

sábado, 14 de junio de 2008

MUSEO de ROSA BONHEUR

Musée de l'Atelier de Rosa Bonheur
Château de By
77810 THOMERY, FOINTAINEBLEAU
FRANCIA
La reputación artística de la pintora Rosa Bonheur, durante la segunda mitad del siglo XIX, constituye un hito, ya que no una excepción, en el reconocimiento del trabajo realizado por las mujeres en la historia del arte.
Su éxito como pintora de animales, un género de moda en la época, traspasó las fronteras de Francia: En Inglaterra y Estados Unidos era realmente famosa, hasta el punto de que se hicieron muñecas "Rosa", inspiradas en su imágen.
En 1859, con el dinero ganado y con sólo 37 años, compró la propiedad del Chateau de By, en Fointainebleu, un lugar que sedujo a Rosa Bonheur por su aislamiento, su tranquilidad y su proximidad al bosque, en el que vivían algunos de los animales que pintaba.


El edificio tiene sus orígenes en el s.XV y fueron necesarias algunas reformas para hacerlo confortable. Rosa Bonheur mandó construir cuadras y establos para los numerosos animales que poseía (ovejas, ciervos, caballos e incluso una pareja de jóvenes leones para los que se construyó una jaula especial).
Pero la mayor transformación fué la construcción de un gran estudio anexo.

Tras la muerte de Rosa Bonheur, la propiedad pasó a manos de su única heredera, la pintora americana Anna Klumpke, que creó el museo en memoria de Rosa Bonheur y que fué utilizado como hospital para soldados heridos durante la I Guerra Mundial.
El interés principal de esta construcción es que refleja exactamente cómo era, en el s.XIX, el estudio de una pintora de gran renombre.
Para visitar el taller de Rosa Bonheur :
Château de By

12, rue Rosa Bonheur- Thomery
Miércoles y Sabados de 14h a 16h.
Ir en coche:A6. Salida Fontainebleau. Seguir Thomery-By. Parking justo al lado del château.
Ir en tren :Paris Gare de Lyon, trenes directos, 45 min. de trayecto. De la estación al château hay una media hora andando. Es un agradable paseo si acompaña el tiempo. A la salida de la estación seguir la calle que lleva a una rotonda. Coger el desvío " Thomery-By ". Es una pequeña carretera forestal (la Fossette) que serpentea durante 2 Km. Los últimos metros pertenecen ya al parque del château. En el Stop gira a la derecha: la entrada está a 20 metros.
Más información: Office du Tourisme de Thomery 01 64 70 80 14
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lunes, 9 de junio de 2008

El París de Kiki: Artistas y amantes 1900-1930

" El Paris de Kiki " es un libro fundamental en la bibliografía sobre el Paris de principios del siglo XX.
Recrea la experiencia de participar en lo que Marcel Duchamp definió como "la primera colonia de artistas verdaderamente internacional que jamas tuvimos":
Apollinaire, Marie Laurencin, Léger, Cocteau, Modigliani, Brancusi, Chana Orloff, Diego Rivera, Matisse, Hemingway, Man Ray, Pascin, Picasso, Djuna Barnes, Hermine David, Joyce, Erik Satie, Sonia y Robert Delaunay, Chaim Soutine, Stravinsky, Gertrude Stein, Berenice Abbott, Marie Vassilieff, Foujita...Toda una generación de pintores, escultores, escritores, y buscadores de placer acudieron a esta zona de Paris, en la orilla izquierda del Sena, alrededor de los bulevares de Monparnasse y Raspail.
"Mont Parnasse" -Monte Parnaso- era el nombre de la colina desde la cual, por tradición, los alumnos de la Sorbonne declamaban sus poemas. En el siglo XIX, Montparnasse atrajo a algunos pintores académicos... y a sus discípulos....Y de 1900 a 1930 fué el centro de la vida artística del mundo entero.
Las terrazas de los cafés de Monparnasse se llenaron de pintores, escultores, escritores, periodistas y compositores.
Y en el centro de esa vida, en Montparnasse, estaba Kiki, que fué, sin lugar a dudas, la reina de ese barrio de artistas y ha llegado a convertirse en símbolo de todo lo que ofrecía Montparnasse: la promesa de libertad y la plena realización personal.