viernes, 16 de julio de 2010

Passage des Panoramas

 

passage de panoramas interior 1810_thumb[4]

En Paris había – y hay- aproximadamente 140 pasajes que acortaban los trayectos si uno lograba familiarizarse con ellos-  cosa que no debía ser nada fácil-.

El primer pasaje cubierto de  Paris (excluyendo el Palais-Royal, cuyas arcadas no servían de unión entre calles) fue el Passage du Caire, abierto en 1799; al año siguiente, en 1800, se abrió el  Passage des Panoramas (en la imágen, ca. 1810)

Los pasajes y galerías eran cómodos para los peatones. Se convirtieron en un lugar agradable para pasear, protegerse de la lluvia y el frío, y una forma de escapar a los peligros de las concurridas calles. Los más frecuentados albergaban comercios y lugares de ocio  que, ya entonces, ocupaban más del espacio que les correspondía, sacando su mercancía al exterior.  A los peatones sólo les quedaba un tercio del espacio, lo que debía ser estupendo para los carteristas, sobones, etc.

StreetSceneinfrontofthePassagedesPanoramas113 En 1799, un tal Thayer, americano por más señas, hizo construir en el  boulevard Montmartre dos torres en las que instaló unos “panoramas”, atracción que consistía en un “trampantojo” que permitía ver diversas ciudades famosas, batallas y paisajes pintados en una superficie circular –algo así como el 3D  de hoy- Con el fin de facilitar el acceso al boulevard desde el concurrido Palais Royal y atraer a la clientela, abrió el passage des Panoramas en el espacio que ocupaba el  Hôtel de Montmorency.

El éxito del pasaje fue inmediato gracias al entusiasmo de los parisinos por los panoramas, a su privilegiado emplazamiento, cerca de la Bolsa y, sobre todo, del  Théâtre des Variétés, con el que se conectó en 1807.
En 1816 se instaló la luz de gas, lo que fue la bomba.

En 1831 se demolieron las torres del boulevard Montmartre, pero si la moda de los panoramas  había pasado, la de los pasajes continuaba.BourseS

Durante el reinado de Louis Philippe (1830-1848), el Passage des Panoramas se convirtió en  el verdadero centro social y económico. En 1834, se añadieron las Galeries Saint-Marc, des Variétés, de Feydeau y de Montmartre , diseñadas por Jean-Louis Grisart para conectar con las galeries Colbert, Vivienne et Véro-Dodat. Al sur, el pasaje se abrió hacia la Rue Saint Marc, a pocos pasos del recientemente construido edificio de la Bourse (1826).  Al norte,  el Passage des Panoramas se abría hacia el Boulevard Montmartre, junto al Théatre des Variétés  y próximo a la Opera y a muchos de los cafés más concurridos de París. 

A mediados de la década de 1840, el Passage des Panoramas continuó extendiéndose por el Passage Jouffroy, que atraviesa la Rue de la Grange Bateliere y poco después fue el Passage Verdeau el que alargó sus galerías.

Durante el Segundo Imperio (1852-1870), los planes de  Haussmann mantuvieron esta zona como el centro de la burguesía.

Llegó la revolución de 1848, que terminó con el régimen de  Louis Philippe, las barricadas cerraron las calles y fueron escenas de duras luchas que se repitieron al final de la Comuna de Paris, en 1871.

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435px-Passage_des_Panoramas Passage_des_Panoramas_passage des panoramas-151 

passagedes panoramas

La historia apenas recuerda que en el nº27 de la Galerie Montmartre, Passage des Panoramas, estaba la Académie Julian, que aceptaba mujeres en sus estudios de arte.

academi julian -ruede Berri

4 PHILATELIE en P des panoramasHoy, en el Passage des Panoramas, hay numerosas tiendas especializadas e filatelia, un Salon de té que conserva parte de la decoración  original del tejado, columnas de madera y espejos interiores en el n° 57, el Grabador Stern (n° 47), una Tienda de postales antiguas (n° 26 )
En el n° 17 del passage des Variétés : entrada de artistas del théâtre des Variétés cuyo propietario es Jean-Paul Belmondo.

Passage des Panoramas

11, boulevard Montmartre - 10, rue Saint-Marc

entrada a las galerias creadas posteriormente: 38, rue Vivienne - 151, rue Montmartre,

75002 Paris

abierto todos los días de 6h hasta medianoche

domingo, 27 de junio de 2010

La cantina de MARIE VASSILIEFF

Marie Vassilieff, nacida en 1884 en Smolensk, estudió bellas artes en San Petesburgo.
En 1907 se instaló en Paris, donde contribuyó de diferentes formas a abrir la Academia Rusa. A partir de 1912 se dedicó a dar clases en su propio estudio del Impasse del 21 Avenue du Maine.

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En 1915, durante la I Guerra Mundial, abrió allí, con la ayuda del pintor holandés Van Hoorn, una cantina que ofrecía, por sólo 65 céntimos, sopa, carne, verdura, ensalada o postre y café. Por el vino se pagaba un extra de 10 céntimos.varias fotos 266varias fotos 268
 




Considerada por la policía como un club privado, la cantina no estaba sujeta al toque de queda y se llenaba todas las noches.
Un pintor sueco la describe diciendo que “la cantina estaba amueblada con restos del marché aux puces; había sillas y taburetes de diversos tamaños, incluidas dos sillas de mimbre con respaldo alto y un sofá adosado a la pared, donde dormía Vassilieff. En las paredes había cuadros de Chagall y Modigliani, dibujos de Picasso y Léger, y una escultura de Zadkine en un rincón. Vassilieff colocaba diferentes papeles de coloresen las bombillas para ir cambiando la atmósfera del local.
En un rincón, detrás de una cortina, estaba la cocina, donde Aurelie, la cocinera, preparaba la comida para más de cuarenta y cinco personas con sólo un hornillo a gas de dos fuegos y un quemador de alcohol.
En enero de 1917, Marie Vassilieff y Max Jacob organizaron un banquete en honor a George Braque para celebrar su licenciamiento del ejercito después de una larga convalecencia como herido de guerra.
Modigliani, a quien Vassilieff había prohibido la entrada para evitar conflictos, apareció de repente, con un grupo de artistas y modelos que tampoco habían sido invitados. Alfredo Pina, un escultor italiano discípulo de Rodin era el nuevo amante de Beatrice Hastings –anteriormente amante de Modigliani- y en un ataque de celos sacó un revólver y apuntó a Modigliani. Vassilieff cogió a Modigliani por los hombreos y le obligó a marcharse.
Poco después Marie Vassilieff se dió cuenta de que Ortiz de Zárate y Picasso habían escondido la llave dejando encerrados a todos los invitados. Finalmente, con la intercesión de Matisse, la llave apareció y Marie pudo respirar tranquila, se comieron el pavo y brindaron por Braque y su esposa.
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(El banquete de Braque. Modigliani está entrando en el local pese a no haber sido invitado. En torno a la mesa, siguiendo el sentido de las agujas del reloj: Marie Vassilieff con el cuchillo, Matisse con el pavo, Blaise Cendrars –sin el brazo que había perdido en la guerra- Marcell –la esposa de Braque-, Walter Halvorsen, Léger –con gorra-, Max Jacob, Beatrice Hastings, su amante Alfredo Pina –con el revólver- Braque con unacorona de laurel y dos personajes no identificados.)
A finales de 1915 Vassilieff cerró la cantina durante una temporada y se fué a Rusia por asuntos familiares. A finales de 1917 o principios de 1918 fue  detenida y encarcelada, acusada de ser una espía de los bolcheviques. Léger y su esposa se hicieron cargo de su hijo, cuyo padre, un soldado norteamericano, había desaparecido.
El 21 Avenue du Maine alberga actualmente el Musée du Montparnasse

sábado, 22 de mayo de 2010

La place Michel Debré - Paris 6e

   Conocido como  carrefour Croix Rouge, este cruce de caminos se convirtio en la Place Michel Debré el año 2006. Es el punto del que parten o al que llegan las calles du Cherche Midi, de Sèvres, du Vieux Colombier que lleva a la rue de Rennes y la place Saint Sulpice, du Dragon , Du four, etc...
   Siguiendo el paso de tantas mujeres que habitaron el barrio de Saint Germain, antes o despues te encuentras con el Centauro, una obra del escultor argentino César  -César Baldaccini-, de quien toman el nombre los celebres Premios César  de cine. La escultura, de 5 mts. de altura, fue instalada en 1985 y domina el angulo formado por de la rue de Sèvres y la rue du Cherche Midi.

domingo, 27 de diciembre de 2009

"Madame X". John Singer Sargent

 Madame X o Retrato de Madame X es el sugerente título de un retrato pintado por John Singer Sargent en 1884.File:Sargent MadameX.jpeg
Óleo/lienzo
234.95 x 109.86 cm,

Pero Madame X tenía un nombre: Virginie Amélie Avegno Gautreau.
Virginie Amélie Gautreau había nacido en  New Orleans, Louisiana, el 29 de enero de 1859, hija de una poderosa familia criolla de origen francés.
Cuando tenía 8 años ella y su madre se trasladaron a Francia. Pronto empezaron a subir escalones en la sociedad francesa.

Su pálida pálida piel, que mantenía a base de polvos de lavanda, sus rasgos acentuados con sombras, las cejas dibujadas con lápiz y el uso de Henna para teñir su pelo convirtieron a Virginie en una de las bellezas más celebres de Paris.   Virginie Gautreau llegó a representar a la parisienne, un nuevo tipo de belleza caracterizado por la sofisticación y que no dudaba en usar todas sus estrategias para alcanzar un mayor status social.
Su matrimonio con el banquero francés Pierre Gautreau no impidió que siguiera frecuentando otras amistades masculinas. Su fama no debía ser demasiado buena- especialmente entre las mujeres de sus acompañantes- y sus numerosas infidelidades fueron notorias.
Reconocida por su belleza poco convencional logró, también, llamar la atención de los artistas.
John Singer Sargent no fue una excepción y pensó que un retrato de Madame Gautreau podía atraer la atención hacia su trabajo y ayudarle a conseguir más encargos en la sociedad francesa, así que escribió a un amigo:
“Tengo muchas ganas de pintar su retrato, y pienso que ella podría estar esperando que alguien le proponga este homenaje a su belleza. Si tu estás “bien con ella” y la ves en París, podrías hablarle de mi prodigioso talento.”
A pesar de que ella ya había rechazado numerosas ofertas similares, Gatreau aceptó la petición de J.S.Sargent en febrero de 1883 quizás porque ambos compartían el mismo deseo de ascender socialmente.
Durante el invierno de 1883 el retrato apenas avanzó, debido a las obligaciones y distracciones sociales de la modelo, y a su naturaleza poco inclinada a la disciplina que exigen las sesiones de posado.
En junio el pintor acompañó a Gautreau a su casa de verano, en Bretaña, donde realizó una serie de bocetos preparatorios. Pero tanto en el campo como en París, Gautreau se cansaba posando, y seguía manteniendo la misma actividad social, la responsabilidad de atender a su hija de cuatro años, a su madre, a los invitados y a los criados. Por fin, a principios de septiembre, el retrato estaba terminado.
Gautreau estaba entusiasmada;  creía que J.S.Sargent había logrado una obra maestra.
File:SargentParis1885.jpg
Cuando la pintura se presentó en el Salón de París de 1884 bajo el título de Retrato de Mme*** la gente se sorprendió y escandalizó. Parecía una obra demasiado ostentosa y carnal. El hecho de intentar preservar el anonimato de la modelo fue en vano, y la madre de Gautreu exigió que la obra se quitara de la exposición.  Sargent se negó, diciendo en el cuadro no se veía más de lo que ya se sabía, pero posteriormente retocó los tirantes del vestido, para darles la apariencia de que el escote estaba bien protegido. También cambió el título, desde el original Retrato de Mme*** a Madame X, un nombre más dramático y misterioso que, al acentual lo impersonal, da la sensación de estar ante un arquetipo femenino.
El rechazo del público y la crítica rompieron las esperanzas del pintor y su modelo: a Gautreu se le cerraron las puertas de la sociedad bienpensante, y Sargent tuvo que abandonar Francia, volviendo a Londres.
Años después, en 1898, el pintor Antonio de La Gándara realizó otro retrato de ella: .
algunasmujeressabias-blog Etiquetas de : , , , ,

Madame Pierre Gautreau

jueves, 24 de diciembre de 2009

CARTAS DESDE PARÍS. Janet Flanner

Janet Flanner, que había llegado a París en 1922, comenzó a escribir sus “Cartas desde Paris” en octubre de 1925, firmadas con su nom de corresdondance, Gênet. Siguió haciéndolo durante cincuenta años, hasta agosto de 1975.

Aparecieron quincenalmente en The New Yorker, una revista de noticias de actualidad y humor, sin pretensiones literarias, que llegó a alcanzar la cifra de medio millón de lectores. Harold Ross, su director, quería saber de ella:
"anécdotas e informaciones que les resulten familiares a los norteamericanos..., chismes acerca del mundo del arte y un poco sobre la moda, quizá... muchos comentarios acerca de la gente que se ve por ahí, y quiere que en todo ello le inyectes una personalidad definida. De hecho, cualquiera de tus cartas serviría." (Carta de Jane Grant, esposa de Harold Ross, invitando a Janet Flanner a enviar sus crónicas desde Paris)
Las cartas de Janet Flanner nos trasladan a una época ya desaparecida, pero
ella, que estuvo allí, nos cuenta qué vió.
Un selección de estas "Cartas desde París" fueron recogidas en un volumen titulado Paris was yesterday, 1925-1939.
Existe una estupenda edición en español:

FLANNER, Janet: París era ayer (1925-1939), Alba editorial, Barcelona, 2005

sábado, 17 de octubre de 2009

París era ayer. Jannet Flanner

Esta entrada pertenece a Lector Constante. Un blog que os recomiendo.
Lo he recortado un poquito:
(...)Total, que recomendé a los oyentes y les recomiendo ahora a ustedes esta maravilla pequeña:

Lo escribió, como se puede ver ahí en la portada, la señorita Janet Flanner (y lo traduce Damián Alou Ramis, cuyo nombre figura solamente en el interior, pero ya lo saco yo a la palestra para que lo vean ustedes, porque traducir es como limpiar, un trabajo que parece que sólo se nota cuando está mal hecho, y eso es grandísima injusticia). ¿Y saben ustedes quién fue Janet Flanner? Pues ya se lo cuento yo, que la señora lo merece.

   Janet Flanner nació en 1892, en Indianápolis, capital del estado de Indiana, de una familia cuáquera. Como curiosidad, les cuento que sus padres tenían una funeraria y que montaron el primer crematorio del estado. Así, entre muertos y aromas de formol, creció nuestra heroína. Fue a la universidad de Chicago, salió de allí en 1916 y volvió a Indianápolis, a escribir en el periódico local la crítica de cine. Pero no tardó en dejar el empleo, porque en la universidad había conocido a William “Lane” Rehm, un artista neoyorquino del que se había hecho muy amiga y con el que, en 1918, contrajo matrimonio. Oh, el amor, suponemos que dirían las amigas de Janet. No, no exactamente. Más bien: Oh, vivo en Castroculo y me muero del asco y este tío vive en Nueva York y me cae realmente bien. Sácame de aquí, William, por la gloria de tu madre. Dicho y hecho: allá fue la señorita Flanner, a la ciudad grande y hermosa que era Nueva York en los años casi 20. Lará, larito.
   Qué pinta estupenda tenía la señora, ¿verdad? No sé si la foto corresponde a un lunes por la mañana o a una fiesta de carnaval, pero vamos, que le hacía mucha falta salir de ese pueblo de mierda (un beso, buena gente de Indianápolis) y pasear por Manhattan. William era, por cierto, un gran tipo. El matrimonio les duró un suspirito, pero mantuvieron el contacto, fueron amigos toda la vida y él siempre estuvo ahí para apoyarla, tanto en su carrera literaria como en su paso del Rubicón.

   Mientras Janet pasea por Nueva York y se acerca al hotel Algonquin, donde el círculo vicioso de la señorita Dorothy Parker rajaba del mundo entero y se bebía hasta el agua de los ceniceros, nosotros vamos, si les parece, a conocer a otra estupenda señorita: Sarah Wilkinson.
   Sarah Wilkinson nació en 1888 en Troy (Nueva York). Era de las que no necesitan echarse el tarot para ver su futuro: familia de clase media, un buen colegio, un matrimonio con su amor de la infancia, Oliver Filley, y seguramente dos niños, una casa con jardín y muchas visitas a la biblioteca, el teatro y la sala de conciertos más cercana. Tururú. Sarah era un culo inquieto y, con la tarta de bodas todavía en la boca, ella y su flamante marido hicieron las maletas y se fueron a China, Japón y Filipinas, donde vivieron unos años porque el mundo es grande y vale la pena echarle un vistazo.
Cuando volvieron a Nueva York, ella se puso a trabajar como crítica de teatro para el New York Tribune y como freelance para el National Geographic. Ahí fue cuando decidió rebautizarse y ponerse un nom de plume de los que quedan flotando en el aire un ratito después de pronunciarlos: Solita Solano.
   El uso de este sonoro pseudónimo tuvo que ver, parece con una disputa con su familia, que acabó por desheredar a la jovencita. Pero también se me ocurre que si nosotros, latinos anglófilos, imaginamos historias protagonizadas por John y Nicolette, es lógico que al otro lado gusten de vestirse con un sonoro nombre vagamente hispano. Yo tuve un amigo alemán que llegó a España sabiendo decir solamente Cuándo se come aquí, y que se puso de nombre artístico Paco Pescado. Y los fans de Barry Gifford recordarán personajes de nombres tan estupendos como Romeo Dolorosa, Calavera Dorfman o los hermanos Mano y Boca Demente. En mi barrio nadie se llama así, pero anda que no sería bonito.

Solita Solano, pues, iba un buen día paseando por Greenwich Village cuando se dio de morros con Janet Flanner, que acababa de casarse con el amigo William. Zacabumba, flechazo instantáneo. Oliver, tenemos que hablar. William, cariño, te vas a reír cuando te lo cuente. No sabemos cómo se lo tomó el primero, pero ya les digo que el segundo era más bueno que el pan tierno y despidió a Janet con besos y bendiciones. De hecho, ni siquiera se molestaron en divorciarse hasta mucho más tarde, y aun entonces lo hicieron amistosamente y sin gritarse.

   Las dos señoritas habían encontrado a su alma gemela. Las dos leían todo lo que les caía cerca y se iban de copas con gente tan estupenda como Harold Ross, editor de The New Yorker, o su mujer, Jane Grant, escritora feminista que coincidió con Janet en la Lucy Stone League, un grupo que luchaba para que las señoras pudieran conservar su propio apellido al casarse, lo que a lo mejor a usted, Amigo Lector Nacido y Criado en Tiempos Modernos, le parece una chorrada como un piano. No lo era entonces y sigue sin serlo, y aprovecho para recordar a los escépticos la existencia de una tienda de ropa para novias que se llama Señora de. Con dos cojones.

Total, que Janet y Solita se lo estaban pasando pipa y decidieron ir a pasear tanto amor y tanta literatura por algún lugar exótico. Le cedo la palabra a James Campbell, autor del prefacio de París era ayer. Dinos, James.


" Cuando Janet Flanner llegó a París en 1922, intuyó que su futuro literario estaba en la ficción. Tenía treinta años, acababa de librarse de un matrimonio que no le convenía y admitía que le atraían más las mujeres que los hombres. Se había embarcado en una novela que se titulaba La ciudad cúbica, un título que sonaba bastante moderno, intentaba escribir poesía y esporádicamente mandaba artículos a periódicos y revistas.

Su compañera en la Orilla Izquierda era Solita Solano, una actriz que se pasó a la escritura y que también huía de las convenciones. La pareja seguiría manteniendo su amistad de por vida, aunque no siempre fueron amantes. Solita había sido desheredada y se había inventado una nueva identidad, pero ni a ella ni a Flanner les faltaba el dinero. Pasaron un año viajando por Grecia, Italia y Alemania antes de alquilar de manera permanente cuatro habitaciones en el modesto Hotel St. Germain des Prés, en la Rue Bonaparte. No habían oído hablar de la Generación Perdida, pero de todos modos, fuera lo que fuera, ellas no pertenecían a aquella. Flanner vivió en hoteles gran parte de su vida; más adelante residiría en el Ritz."

No sé a ustedes, pero a mí me da una envidia de espanto el concepto de escritor, generalmente norteamericano, que decide vivir en un hotel porque puede y porque le da la gana. Da lo mismo que sea en la propia ciudad, como Dorothy Parker en el Algonquin, o en el extranjero, como hacían Truman Capote y Jack Dunphy cuando se iban a Italia. La cosa es que vivir en un hotel supone renunciar alegremente al concepto de hogar, supone vivir entre extraños, alimentarse de martinis y aperitivos salados, decirle al mundo que ahí te las den todas. Bien y bravo. Y después de este breve inciso, volvemos a lo nuestro. ¿Qué estabas diciendo, James?
Además de su obra de ficción y de su poesía sáfica, Flanner escribió cartas: a su madre, a la que preocupaba la cabezonería de su hija; al marido que había abandonado, que al parecer le mantuvo su lealtad y afecto en años posteriores; a una vieja amiga de Manhattan, Jane Grant, que se había casado con un periodista llamado Harold Ross, que en 1925 estaba a punto de convertirse en el director del recientemente fundado New Yorker, una revista de noticias de actualidad y de humor. En sus primeros números, el New Yorker tenía muy pocas pretensiones literarias (se las dejaba a su rival, el Vanity Fair, que publicaba a gente como Aldous Huxley, Djuna Barnes y Edmund Wilson).
   Los Ross debieron de compartir las cartas de Flanner, tal como suelen hacer las parejas, pues en el verano de ese año, cuando la revista llevaba apareciendo apenas unos meses, Jane Grant la invitó a enviar una crónica quincenal desde París. Ross, le dijo, “quiere anécdotas e informaciones que les resulten familiares a los norteamericanos, chismes acerca del mundo del arte y un poco sobre la moda, quizá… muchos comentarios acerca de la gente que se ve por ahí y quiere que en todo ello le inyectes una personalidad definida. De hecho, cualquiera de tus cartas serviría”.
   De este modo, Janet Flanner empezó a enviar noticias a su país, igual que se las mandaría a un confidente, aunque con los años alcanzaría la cifra de medio millón de lectores. La fórmula de Jane Grant era buena: muchos escritores envidian el brío de sus propias cartas, y se preguntan cómo transmitir la misma seguridad a su obra “seria”.
   ¿Y qué es lo que había en París para que mereciera la pena mandar una crónica cada quince días? Pues, para empezar, la Generación Perdida. Les pongo en antecedentes, que les veo un poco perdidos también.

   En París, en la Rue de l’Odéon, la señorita Adrienne Monnier regentaba esta librería tan bonita:

En la Maison des Amis des Livres se vendían las obras señeras de la literatura contemporánea. Pero además, también era punto de encuentro de escritores como André Gide, poetas como Paul Valéry o novelistas como Jules Romains. A estas reuniones asistía de vez en cuando Sylvia Beach, una joven norteamericana que se quedó pasmada de ver tanto y tan bueno allí mezclado y decidió hacer lo mismo, pero en inglés. Se fue al otro lado de la calle y abrió esta librería:

Aquello fue la repanocha, la caraba, el acabóse. Entre la Maison des Amis des Livres, la librería Shakespeare & Company y el café Les Deux Magots circulaba lo más granado, lo más talentoso y lo más extravagante del París de la época. Había pintores, como Henri Matisse, Pablo Picasso o Max Ernst; había bailarinas, como Isadora Duncan o los componentes del Ballet Ruso; había actrices, como Sarah Bernhardt; había condesas y rameras, había militares y había poetas surrealistas, había un poco de esto y un poco de aquello y todo era bueno.

   Y, especialmente, había un montón de escritores, residentes o visitantes, que cuesta enumerar sin pasmarse muchísimo: estaba el protomacho Ernest Hemingway; estaba el (increíblemente bueno y recomendable) poeta e. e. cummings con su mujer; estaba la pareja Toklas-Stein, centro del mundillo lésbico; estaba el popular John Dos Passos; estaba el aún más popular James Joyce, que era la estrella del momento por la polémica publicación del Ulysses; estaba el poeta Hart Crane, que era un borrachuzo de los que hacen época; estaban Scott y Zelda Fitzgerald, que organizaron un fiestorro memorable en un barco anclado en el Sena, y más adelante estarían Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir. Y muchos, muchos más.
   Con ellos, Janet y Solita se fueron a merendar, al teatro, al ballet y a dar una vuelta. Se lo pasaron pipa e hicieron amiguitos. Djuna Barnes, que las conocía y frecuentaba mucho, las retrata en su Almanaque de las mujeres, con los pseudónimos de Nip y Tuck. También Janet Flanner habla de ella en sus crónicas:
Djuna Barnes era la escritora más importante que teníamos en París. Era una mujer alta, bastante guapa, de voz vigorosa, y una extraordinaria conversadora, llena de recuerdos de su vida neoyorquina en Washington Square y de su excéntrica infancia en algún lugar del Hudson.
La historia que más me gustaba de las que contaba trataba de una época en que su padre, que tenía unas ideas curiosas acerca de la nutrición, decidió que, puesto que las gallinas comían guijarros para ayudar a la digestión, unos cuantos guijarros en la dieta de sus hijos podrían resultar igualmente saludables.
   Si el Amigo Lector piensa que su familia es un circo de grillados, debería probar a lidiar con la familia de la señorita Barnes. Además de someterla a la dieta pétrea, el padre de Djuna encontraba muy conveniente abusar regularmente de ella, con la colaboración de la abuela de la criatura. Pero otro día hablaremos de la vida y obra de Djuna Barnes, porque desde aquí les estoy viendo quedarse ojipláticos del susto.

   Las crónicas de Janet incluían un poco de todo: estrenos, necrológicas, ecos de sociedad y cotilleo puro y duro. Cotilleo de altura, naturalmente. Venga, échenle un ojo al debut de Josephine Baker en París:
Hizo su aparición completamente desnuda, a excepción de una pluma rosa de flamenco entre las piernas; la llevaba sobre el hombro un negro gigantesco, y ella estaba boca abajo con las piernas abiertas ciento ochenta grados. El negro se paró en mitad del escenario, y sujetándola por la cintura con sus largos dedos como si fuera un cesto, la bajó hasta el suelo del escenario en una lenta voltereta, donde ella permaneció, como una magnífica carga que acaban de dejar, en un instante de completo silencio. Josephine Baker era una inolvidable estatua de ébano. Un grito de saludo se extendió por todo el teatro.
Lo que sucedía después no era importante. Los dos elementos específicos habían quedado establecidos y eran inolvidables: el magnífico cuerpo moreno de ella, un modelo nuevo que por primera vez demostró a los franceses que lo negro era hermoso, y la vehemente reacción del público masculino y blanco de París, la capital del hedonismo de toda Europa. No había pasado ni media hora desde que bajara el telón de la noche del estreno, y la noticia de su llegada se había extendido a través del boca a boca por todos los cafés de los Champs-Élysées, donde los testigos de su triunfo, delante de una copa, repetían excitados el relato de lo que acababan de ver: ellos sin saciarse nunca de reiterarlo, y los que los escuchaban anhelando oír más verdades tan fantásticas como ésa.



(...)
Lector Constante sigue recordando algunas de las mujeres citadas por Jannet Flanner en sus crónicas, como Cora Pearl, o Lianne de Pougy.
Lo pasé bien leyendo esta entrada.

martes, 4 de agosto de 2009

Valadon-Utrillo. Exposición en la Pinacotètheque.


Valadon - Utrillo.
Pinacothèque de Paris (28, PLACE DE LA MADELEINE)
Del 6 de marzo de 2009 al 15 de septiembre de 2009
Es una importante exposición que reúne más de cincuenta obras de cada uno de los dos artistas.Esta "pareja" madre-hijo, atipica, bohemia y transgresora, vivió en el centro de un universo artistico a caballo entre dos periodos: el del Impresionismo y la Escuela de Paris. Refleja la historia del difícil paso de una época de artistas pertenecientes a la clase burguesa a un nuevo grupo de artistas pertenecientes a categorías sociales mucho más populares que en algunos casos viven difícilmente su condición de artistas.Le Moulin de la Galette, la rue Marcadet, el famoso cabaret « Lapin Agile », son algunos de los lugares que a Maurice Utrillo, artista maldito y alcóholico, le gustaba pintar y le dió la fama, poniéndole a la cabeza de la Escuela de Paris en los años 1910. Su pintura no puede desligarse de la relación que el artista mantenía con su madre, Suzanne Valadon, una pintora y una mujer libre para su época, al margen de los códigos, que realizaba una obra mucho más energica y colorista que la de su hijo, pero que comenzó a ser reconocida mucho más tarde.
Más información:
Sobre Suzanne Valadon y Maurice Utrillo:
Sobre la exposición: